Corría el año 1994.
Burjassot, Valencia. HispaCon, convención española de fantasía y ciencia ficción. Mi segunda HispaCon, como ya he comentado en otro momento.
Al llegar, dabas tu nombre, recogías la bolsa de bienvenida y una tarjetita con la acreditación. En ella, además, del nombre, había un lugar para poner algo parecido a «actividad».
Por aquel entonces llevaba unos años publicando relatos y artículos en los fanzines de ciencia ficción que había en España. Al principio, prácticamente en exclusiva, en Máser. Y, en los dos últimos años, en cualquier publicación que se me pusiera a tiro. De hecho, si uno se paseaba por las mesas que había en la HispaCon y ojeaba al azar cualquiera de los fanzines que en ellas se vendían tenía muchas posibilidades de acabar dando con material mío.
Así que, sin pensármelo demasiado, en aquello de actividad puse «Escritor». Me parecía lógico. No era un profesional, pero ¿quién lo era en aquellos tiempos? (Alguno había, pero más bien pocos). Y, por otro lado, había escrito y publicado la cantidad suficiente para que el término se me aplicase sin ningún problema. No sentí que, al poner aquello en mi acreditación, estuviera dando muestras de arrogancia, ego sobredimensionado ni nada parecido.
La HispaCon transcurrió sin problemas. Se presentaron libros, se presentaron nuevos números de los fanzines, se comió y se bebió, se discutió, hubo una asamblea de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción, se fallaron algunos premios, se sacó un pequeño periódico (combozine, según la jerga americana de las convenciones) de la HispaCon… Lo de siempre.
Me lo pasé muy bien, restablecí el contacto con amigos a los que no veía desde hacía un año, hice algún amigo nuevo y, de paso, conseguí un par de sitios nuevos donde publicar lo que escribía.
En cierto momento, estaba en un corrillo de gente que, por lo que recuerdo, hablaban de la excesiva importancia que se daban algunos. No recuerdo quiénes eran las personas que había allí, pero sí que Julián Diez llevaba la voz cantante y decía algo parecido a:
—Sí, como esta gente que ha publicado un cuento cutre en un fanzine que saca veinte ejemplares y ya va poniendo «Autor» en su acreditación.
Entendedme bien, en ningún momento pensé (ni lo pienso hoy en día) que el comentario de Julián fuera por mí. De hecho, por el contexto de la conversación creo tener claro a quién se refería concretamente. No diré quién (o quiénes) porque ahora mismo no viene al caso.
Pero, aunque no fueran dirigidas a mí, aquellas palabras me hicieron pensar.
¿No me había pasado un poco poniendo «Escritor» en mi acreditación? Porque, al fin y al cabo, ¿quién coño era yo, qué había hecho de relevancia? En realidad, casi nada, publicar unos quince relatos por aquí y por allá, en revistas totalmente amateurs que no leerían (eso con mucha suerte) más de doscientas personas y que, seamos francos, no tenían mucha relevancia en el ancho mundo, más allá de las fronteras de nuestro paupérrimo fandom. Y allí llegaba yo, poniendo «Escritor» en un lugar bien visible como si fuera Stephen King o algo parecido.
Todo eso pasó por mi cabeza en un picosegundo, más o menos. No dije nada, y luego la conversación siguió por otros derroteros.
Pero las palabras de Julián no cayeron en saco roto.
No taché lo escrito en la acreditación o intenté hacerme una nueva. Habría sido una tontería. A aquellas alturas de la HispaCon, quien hubiera querido ver lo que ponía en ella, ya lo habría hecho de sobra.
La consecuencia importante fue que, a partir de aquel día, intenté sopesar algunas cosas antes de tomar ciertas decisiones o realizar ciertos gestos. No tanto por humildad (ése nunca ha sido uno de mis defectos, por suerte) sino por ¿imagen, relaciones públicas, evitar situaciones embarazosas? Todo ello, quizá, y algo más.
Quería encontrarme en un punto donde, si alguien me preguntaba a qué me dedicaba, pudiera responder «Soy escritor» sin que hubiera la menor posibilidad de rebatir mi afirmación o ponerla en duda.
Porque lo soy. Podéis discutir si soy bueno, regular, malo o infecto. Hasta podéis afirmar que talar un árbol para imprimir la bazofia que escribo es un crimen contra el planeta. No os lo rebatiré.
Pero no podéis negar que soy un escritor. Que eso es lo que hago y que es la principal actividad que me define públicamente (y, en buena medida, también en privado, pero eso ya no es cosa vuestra).
Lo gracioso es que, si lo pienso ahora, ya lo era en aquélla época.
En 1994 llevaba diecisiete años escribiendo y siete publicando, aunque fuera en revistas de tirada minúscula, difusión ridícula y repercusión casi inexistente. Y en el horizonte cercano había la posibilidad de publicar un par de novelas cortas y, tal vez, una novela. Ya entonces era, con todo merecimiento, un escritor. Y las palabras de Julián (independientemente del hecho de que estuvieran o no justificadas como parte de un comentario general) no deberían haberme hecho dudar ni un solo instante.
Era joven, claro. En muchos aspectos seguía siendo bastante tímido, igual que lo soy hoy en día, y un tanto inseguro respecto a mi percepción de cómo me veían los demás, algo que, por suerte ha ido desapareciendo con los años. Y, supongo, les daba una importancia exagerada a las palabras de aquéllos que parecían conocer las cosas mejor que yo… aunque a veces esa apariencia estuviera sostenida sólo por el aplomo con el que hablaban.
Hoy en día, seguramente no le habría prestado demasiada atención al comentario o habría respondido con un chascarrillo, sólo para olvidarlo enseguida y dedicarme a cualquier otra cosa más productiva.
Y sin embargo, echando un vistazo hacia atrás, prefiero que las cosas hayan ocurrido como ocurrieron. Las palabras de Julián, y mi posterior reflexión sobre ellas, tuvieron la virtud de volverme más prudente en algunas cosas, y eso nunca viene mal.









