Inexperiencia

Corría el año 1994.

Burjassot, Valencia. HispaCon, convención española de fantasía y ciencia ficción. Mi segunda HispaCon, como ya he comentado en otro momento.

Al llegar, dabas tu nombre, recogías la bolsa de bienvenida y una tarjetita con la acreditación. En ella, además, del nombre, había un lugar para poner algo parecido a «actividad».

Por aquel entonces llevaba unos años publicando relatos y artículos en los fanzines de ciencia ficción que había en España. Al principio, prácticamente en exclusiva, en Máser. Y, en los dos últimos años, en cualquier publicación que se me pusiera a tiro. De hecho, si uno se paseaba por las mesas que había en la HispaCon y ojeaba al azar cualquiera de los fanzines que en ellas se vendían tenía muchas posibilidades de acabar dando con material mío.

Así que, sin pensármelo demasiado, en aquello de actividad puse «Escritor». Me parecía lógico. No era un profesional, pero ¿quién lo era en aquellos tiempos? (Alguno había, pero más bien pocos). Y, por otro lado, había escrito y publicado la cantidad suficiente para que el término se me aplicase sin ningún problema. No sentí que, al poner aquello en mi acreditación, estuviera dando muestras de arrogancia, ego sobredimensionado ni nada parecido.

La HispaCon transcurrió sin problemas. Se presentaron libros, se presentaron nuevos números de los fanzines, se comió y se bebió, se discutió, hubo una asamblea de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción, se fallaron algunos premios, se sacó un pequeño periódico (combozine, según la jerga americana de las convenciones) de la HispaCon… Lo de siempre.

Me lo pasé muy bien, restablecí el contacto con amigos a los que no veía desde hacía un año, hice algún amigo nuevo y, de paso, conseguí un par de sitios nuevos donde publicar lo que escribía.

En cierto momento, estaba en un corrillo de gente que, por lo que recuerdo, hablaban de la excesiva importancia que se daban algunos. No recuerdo quiénes eran las personas que había allí, pero sí que Julián Diez llevaba la voz cantante y decía algo parecido a:

—Sí, como esta gente que ha publicado un cuento cutre en un fanzine que saca veinte ejemplares y ya va poniendo «Autor» en su acreditación.

Entendedme bien, en ningún momento pensé (ni lo pienso hoy en día) que el comentario de Julián fuera por mí. De hecho, por el contexto de la conversación creo tener claro a quién se refería concretamente. No diré quién (o quiénes) porque ahora mismo no viene al caso.

Pero, aunque no fueran dirigidas a mí, aquellas palabras me hicieron pensar.

¿No me había pasado un poco poniendo «Escritor» en mi acreditación? Porque, al fin y al cabo, ¿quién coño era yo, qué había hecho de relevancia? En realidad, casi nada, publicar unos quince relatos por aquí y por allá, en revistas totalmente amateurs que no leerían (eso con mucha suerte) más de doscientas personas y que, seamos francos, no tenían mucha relevancia en el ancho mundo, más allá de las fronteras de nuestro paupérrimo fandom. Y allí llegaba yo, poniendo «Escritor» en un lugar bien visible como si fuera Stephen King o algo parecido.

Todo eso pasó por mi cabeza en un picosegundo, más o menos. No dije nada, y luego la conversación siguió por otros derroteros.

Pero las palabras de Julián no cayeron en saco roto.

No taché lo escrito en la acreditación o intenté hacerme una nueva. Habría sido una tontería. A aquellas alturas de la HispaCon, quien hubiera querido ver lo que ponía en ella, ya lo habría hecho de sobra.

La consecuencia importante fue que, a partir de aquel día, intenté sopesar algunas cosas antes de tomar ciertas decisiones o realizar ciertos gestos. No tanto por humildad (ése nunca ha sido uno de mis defectos, por suerte) sino por ¿imagen, relaciones públicas, evitar situaciones embarazosas? Todo ello, quizá, y algo más.

Quería encontrarme en un punto donde, si alguien me preguntaba a qué me dedicaba, pudiera responder «Soy escritor» sin que hubiera la menor posibilidad de rebatir mi afirmación o ponerla en duda.

Porque lo soy. Podéis discutir si soy bueno, regular, malo o infecto. Hasta podéis afirmar que talar un árbol para imprimir la bazofia que escribo es un crimen contra el planeta. No os lo rebatiré.

Pero no podéis negar que soy un escritor. Que eso es lo que hago y que es la principal actividad que me define públicamente (y, en buena medida, también en privado, pero eso ya no es cosa vuestra).

Lo gracioso es que, si lo pienso ahora, ya lo era en aquélla época.

En 1994 llevaba diecisiete años escribiendo y siete publicando, aunque fuera en revistas de tirada minúscula, difusión ridícula y repercusión casi inexistente. Y en el horizonte cercano había la posibilidad de publicar un par de novelas cortas y, tal vez, una novela. Ya entonces era, con todo merecimiento, un escritor. Y las palabras de Julián (independientemente del hecho de que estuvieran o no justificadas como parte de un comentario general) no deberían haberme hecho dudar ni un solo instante.

Era joven, claro. En muchos aspectos seguía siendo bastante tímido, igual que lo soy hoy en día, y un tanto inseguro respecto a mi percepción de cómo me veían los demás, algo que, por suerte ha ido desapareciendo con los años. Y, supongo, les daba una importancia exagerada a las palabras de aquéllos que parecían conocer las cosas mejor que yo… aunque a veces esa apariencia estuviera sostenida sólo por el aplomo con el que hablaban.

Hoy en día, seguramente no le habría prestado demasiada atención al comentario o habría respondido con un chascarrillo, sólo para olvidarlo enseguida y dedicarme a cualquier otra cosa más productiva.

Y sin embargo, echando un vistazo hacia atrás, prefiero que las cosas hayan ocurrido como ocurrieron. Las palabras de Julián, y mi posterior reflexión sobre ellas, tuvieron la virtud de volverme más prudente en algunas cosas, y eso nunca viene mal.

© 2012, Rodolfo Martínez
Posted in A mi alrededor, Magdalenas

Sympathy for the Devil?

A lo largo de mi obra, me he acercado varias veces a la figura del Diablo, Lucifer, Satanás, el Enemigo, el Ángel Caído, la Serpiente o como cada uno prefiera llamarlo. Podría parecer, a primera vista, que eso resulta paradójico para alguien que se declara ateo y afirma no creer en lo sobrenatural. Aunque espero poder explicar, a lo largo de estas líneas que, en realidad, no lo es.

La primera vez que usé la figura del diablo fue en un relato titulado «¿Engañar a Satán?» que escribí allá por 1980 ó 1981. Recuerdo bastante bien de qué iba, no porque mi memoria sea un prodigio, sino porque el relato fue adaptado al cómic y publicado en el fanzine que otros dos compañeros y yo hacíamos en nuestra adolescencia; fanzine del que aún conservo algún ejemplar.

Era una historia de —cómo no— pactos con el Diablo. El protagonista invocaba al Príncipe de las Tinieblas y le vendía su alma a cambio de… morir. Hastiado de la vida, decía, quería que el Diablo le matase. Éste le preguntaba si estaba seguro: si moría, iría al infierno. El protagonista asentía. El Diablo le mataba y el protagonista sonreía astutamente y se jactaba de haberle engañado. ¿Cómo? Muy sencillo. Era masoquista y en el plano terrenal no había encontrado sufrimiento suficiente para colmar sus apetitos. En el infierno, en cambio… En ese momento era el turno del Diablo de sonreír astutamente y decirle que su condena sería recibir placer, pero nunca dolor, por toda la Eternidad.

Es decir, estamos ante el relato de un adolescente que se cree el colmo de la sofisticación y el ingenio. Y que, evidentemente, no lo es. Supongo que es un peaje que casi todos los escritores de fantasía pagamos, tarde o temprano: escribir un cuento de pactos con el Diablo. Todos, sospecho, tenemos en mente la idea de superar el «Tren al infierno» de Robert Bloch. Creo que nadie lo ha hecho (ése sigue siendo el mejor relato de pactos con el Diablo, en mi opinión) y está claro que yo, con aquel «¿Engañar a Satán?», ni siquiera me acerqué. Ni por asomo.

Tuve mejor suerte con «Oye, véndeme tu alma», un cuento que escribí a finales de los ochenta. Aunque no pasa de ser un chiste (todo el relato está orientado al giro de tuerca final) narrativamente aún me funciona y me parece moderadamente ingenioso. Podéis comprobarlo por vosotros mismos pinchando aquí y ver si tengo razón o no.

En cualquier caso, «Oye, véndeme tu alma» no era estrictamente un relato sobre el Ángel Caído: su figura no aparece durante todo el cuento y simplemente se le menciona.

Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos

Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos

No creo haber vuelto a usar al Diablo hasta 1993, en mi primera novela holmesiana, La sabiduría de los muertos. Allí veíamos asomar a un enigmático individuo llamado Shamael Adamson que parecía estar entre bastidores durante toda la historia y que intervenía de forma decisiva en el clímax narrativo. En ningún momento se decía explícitamente que fuera el Diablo, pero no hacía falta: las pistas que se daban eran más que evidentes por sí mismas. Era un diablo que había renunciado al infierno y había decidido encarnarse en humano y hacer del mundo su hogar. Este personaje reaparecería en la tercera novela del ciclo (La boca del infierno) y tendría una participación marginal, aunque interesante, en la última, El heredero de Nadie.

Al año siguiente, en una novela corta titulada «Territorio de pesadumbre» que escribí con destino al Premio UPC, volvía a aparecer prácticamente el mismo personaje y con el mismo nombre. Era una historia de ciencia ficción —con bastantes reminiscencias del Dune de Frank Herbert— que arrancaba con un joven peleando a muerte con varias personas que, luego, descubríamos que no eran otra cosa que clones suyos. Junto a él había una figura enigmática que respondía al nombre de Shamael y que, algo más tarde, descubriríamos como un Lucifer que había renunciado al infierno y se había encarnado como humano.

Algunos años más tarde inicié una novela llamada Este incómodo ropaje que acabó convertida en Los sicarios del cielo. El porqué del cambio del título quizá lo explique otro día pero, entretanto, es suficiente con saber que el protagonista de la novela es un antiguo ángel que, durante la rebelión de Lucifer, no tomó partido por bando alguno. En cierto momento, ese personaje acude al reino de pesadumbre de Lucifer (al que, una vez más, llamo Shamael) y sostiene con él una larga conversación.

Los sicarios del cielo

Los sicarios del cielo

En lo básico, es el mismo Lucifer que había empleado en anteriores novelas, aunque con un par de diferencias. Este Lucifer no ha renunciado a reinar sobre el infierno, por un lado; y, por el otro, no sólo no es hostil a los humanos, sino que es el verdadero responsable de que los humanos seamos humanos y no simples bestias. En cierto momento, de hecho, afirma que a él le debemos el regalo del libre albedrío, la capacidad de distinguir entre el Bien y el Mal y ser capaces optar por uno o por otro.

¿Qué fue lo que hizo que la presencia del Diablo pasara, con el tiempo, de ser un mero cliché a cobrar más importancia en mi narrativa? ¿Qué me hizo reflexionar sobre él, jugar con su concepto básico, buscarle las vueltas y tratar de presentarlo, en cierto modo, como el héroe oculto y a menudo difamado de toda nuestra historia?

Un par de cosas, en realidad.

En primer lugar, la visión que del Ángel Caído daba Neil Gaiman en su Sandman, a su vez, muy relacionada con el concepto de Cielo e Infierno que tenía Enmanuel Swedenborg.

El momento clave, sin embargo, la revelación, en cierto modo, viene de una época en la que me dio por releer la Biblia con cierta atención. Especialmente el Génesis y su relato de la Creación y de la Caída.

Echémosle un vistazo al capítulo 3 del Génesis:

Pero la serpiente, la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios, dijo a la mujer: «¿Conque os ha mandado Dios que no comáis de los árboles todos del paraíso?». Y respondió la mujer a la serpiente: «Del fruto de los árboles del paraíso comemos,  pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: “No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir”». Y dijo la serpiente a la mujer: «No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal.»

Si seguimos leyendo, nos daremos cuenta de que la serpiente en ningún momento le miente a Eva. Todo lo que dice sobre el Árbol del Bien y del Mal y las consecuencias de probar su fruto, es cierto. Y, de hecho, el propio Dios corrobora lo dicho por la serpiente con su reacción al enterarse de lo ocurrido:

Díjose Yavé Dios: «He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre». Y le arrojó Yavé Dios del jardín de Edén, a labrar la tierra de que había sido tomado. Expulsó al hombre y puso delante del jardín de Edén un querubín que blandía flameante espada para guardar el camino del árbol de la vida.

Siempre tuve muy claro, al leer esta historia, que la serpiente no era aquí el villano. Al contrario: nos daba el más preciado de los regalos, aquello que nos hace humanos, la capacidad de distinguir entre el Bien y el Mal. Es Dios quien se comporta de un modo, como poco, cuestionable. Afirma que el hombre se ha convertido en su igual (su igual moral, suponemos) y temeroso de que sea también inmortal, lo expulsa del Edén.

Sí, sé que para un católico estoy haciendo algo que no se puede hacer: interpretar por mí mismo la Biblia, cosa que sólo la jerarquía de la Iglesia está, se supone, capacitada para hacer. De hecho, el cisma protestante surge de ahí, de la idea (aberrante para la Iglesia Católica) de la libre interpretación de la Biblia. Así que, bueno, llamadme cismático, si queréis.

En todo caso, para mí, el papel de la serpiente (y, para la tradición cristiana, la serpiente es un avatar de Lucifer) en los mitos judeo-cristianos es el mismo que el de Prometeo en los mitos griegos: ambos roban algo que es propiedad exclusiva de los dioses y se lo dan a los humanos y son castigados por una divinidad celosa que no está dispuesta a compartir sus dones con los mortales. No son los villanos. Son (o deberían ser) los héroes de la humanidad.

Hablo, por supuesto, en términos de estricta ficción. Al fin y al cabo, soy ateo. Para mí, Prometeo o Lucifer tienen la misma existencia real que puedan tener Superman o Sherlock Holmes: son creaciones de la mente humana. Son, en cierto modo, arquetipos; y, como tales, nos reflejan a nosotros mismos. Hablan de lo que somos, de cómo nos vemos o de cómo tememos vernos.

Y eso es quizá lo que más me fascina de la figura de Lucifer, el arquetipo que representa y su contradicción con lo que, aparentemente, debería representar. Según el mito es, en cierto modo, nuestro creador. Yavé quizá nos construyó a partir del barro primigenio, pero hasta que la serpiente no nos empuja a adquirir la capacidad de discernimiento entre el Bien y el Mal, no somos más que animales; carecemos, hasta ese momento de pensamiento ético. Su papel en el panteón judeo-cristiano, por tanto, debería ser el de una fuerza positiva.

Y en lugar de eso, lo hemos convertido en el Enemigo, en la Oscuridad, en el Mal. Y en cierto modo, lo es. Al menos, desde la perspectiva de una humanidad que es como un adolescente enfurruñado que no puede negar lo que sabe, pero que le gustaría seguir en la ignorancia y no haber sido expulsada del paraíso de la infancia. Porque, una vez que llega el conocimiento, una vez que aprendes a discernir entre el Bien y el Mal y a obrar en consecuencia y, por tanto, a hacerte responsable como un adulto de tus propios actos… en ese momento has sido expulsado del paraíso. Y ya no podrás volver.

¿Es, por tanto, el benefactor, un auténtico benefactor? ¿No preferiríamos seguir en la ignorancia y, seguramente, ser más felices? ¿No estamos, entonces, castigando a Lucifer por haber tenido la osadía de convertirnos en adultos?

© 2012, Rodolfo Martínez
Posted in A mi alrededor, Magdalenas

Los superhéroes y yo

Desde el momento mismo en que aprendí a leer, me convertí en un lector voraz. Y, por supuesto, una de las primeras cosas que devoré fueron los tebeos, comics, historietas o como las queráis llamar (siempre y cuando no las llaméis «novelas gráficas», por supuesto). Al principio, Mortadelo, Pulgarcito, TDT, TBO… Luego descubrí, más o menos a la vez El guerrero del antifaz (que no me entusiasmó gran cosa) y El capitán Trueno (del que fui fan desde la primera viñeta). Y otras cosas como El Jabato, El Cachorro, Dani Futuro. Y tebeos europeos como Tintín (del que abominé al primer vistazo), Astérix (amor a primera vista) o Lucky Luke (que tenía su gracia). Y, unos cuantos años más tarde, pero eso ya es otra historia —que además he contado por aquí—, los fumetti eróticos de Leone Frollo, especialmente su Blancanieves.

Un día, cayó en mis manos mi primer tebeo de superhéroes. No recuerdo cuál era, pero casi toda seguridad era un Superman de los que Novaro (editorial mejicana) distribuía en España. A través de Superman descubrí otros superhéroes, como Batman, Linterna Verde, Aquaman o Flash.

Después llegó Marvel. Y el universo, de repente, se hizo enorme, gigantesco, abigarrado y mayor que la vida misma.

Quien publicaba Marvel en España era una editorial que se llamaba Vértice que, curiosamente, también publicaba libros de ciencia ficción (de hecho, algunas de las primeras novelas que leí de Asimov o de Philip K. Dick fue en su colección Galaxia). Y los publicaba de un modo extraño, en un formato mucho menor que el original, a blanco y negro y remontando las viñetas (y, a menudo, redibujando partes de ellas). También se adelantó, supongo que sin saberlo, a la moda snob y agilipollada de llamar al tebeo «novela gráfica», pues en la portada de todos sus números, en un recuadro bien visible, uno podía ver «relatos gráficos para adultos».

Soy, desde mi más tierna infancia, lector de comics. Y, aunque he leído un poco de todo (bueno, de casi todo, confieso que el manga sigue siendo mi gran asignatura pendiente en ese terreno), son los superhéroes los que, desde el principio, se ganaron un hueco especial en mi corazón. Sobre todo, en aquella lejana época, Marvel (aunque, curiosamente, mi personaje favorito era Superman), aunque con los años mis querencias han ido derivando más hacia DC.

Pero, en todo caso, ésa sería otra historia.

Demos un salto de unos pocos años, concretamente allá por mis doce. He decidido ponerme a escribir una novela de ciencia ficción. Lo que sale de mis manos (usando como herramientas un boligráfo «bic cristal» —nunca fui muy fan del «bic naranja» y su punta fina— y una libreta de anillas en A5 con papel cuadriculado) es, en realidad, poco más que un cuento largo. Unas cuarenta o cincuenta páginas. Pero tiene la estructura y la intención de una novela. Podríamos decir que se trataba de una «novela deshidratada», del embrión de una novela, podríamos decir.

La mayoría de las primeras cosas que escribo son de ese estilo. Yo las llamaba novelas, aunque en extensión estaban muy lejos de serlo. Recuerdo que conseguí llevar a buen puerto (en el sentido de que logré terminarlas y dejar cerrada la historia) las dos o tres primeras. Y luego me pasé algún tiempo iniciando cosas, escribiendo unas cuantas páginas y dejándolas al cabo de un rato para pasar a algo nuevo con lo que, otra vez, hacía lo mismo.

Creo que me tiré así un año o dos y confieso que llegó un momento en que empezó a resultar frustrante. Coño, quería acabar algo que empezase, para variar.

Lo conseguí creo que a los quince años con una novela que se llamó Alfa, el emisario de las estrellas y que, oh sorpresa, era una historia de superhéroes.

Recuerdo, más o menos, el argumento. Un adolescente se iba de excursión al campo, entraba en una cueva y allí descubría un artefacto extraño que le hablaba y le investía en el papel (y le daba los correspondientes superpoderes) de Alfa, emisario de una avanzada civilización galáctica para impartir justicia y todas esas cosas. El adolescente corría varias aventuras, se enfrentaba a algunos villanos de poca monta, se iba a otro sistema solar donde estaba punto de morir, regresaba a la Tierra justo a tiempo para detener la amenaza de un robot gigante y, finalmente, se iba con su novia al cine. O algo muy parecido, en todo caso.

Además de ser la primera novela que terminaba en varios años fue también la primera que pude considerar, por extensión, una verdadera novela. No muy larga. Calculo que sobrepasaría por poco las cien páginas, pero al menos —con todo aquel trajín de empezar a escribir, emborronar varias páginas y luego dejarlo para pasar a otra cosa— había aprendido a tomarme las cosas con cierta calma, dedicarle un tiempo a la ambientación y la caracterización y, en general, hacer que lo que escribía fuera algo más que un mero esqueleto narrativo.

Curiosamente, nunca mecanografié Alfa, el emisario de las estrellas, que era lo que solía hacer por aquella época: un primer borrador a mano, sobre una libreta, para luego pasarlo a máquina —mi vieja Olivetti, que quién sabe por dónde andará a estas alturas— y, mientras lo hacía, aprovechar para cambiar, alterar y revisar algunas cosas del manuscrito. Alfa, el emisario de las estrellas, se quedó para siempre en la libreta de anillas donde estaba escrita, y nunca fue más allá.

¿Por qué? No lo sé, realmente. Creo que me di con satisfecho con haber conseguido terminar algo. Aquello fue suficiente. Y, una vez conseguido, una vez me demostré a mí mismo que era capaz de terminar lo que empezaba, fue como si me olvidase del asunto, como si la novela no hubiera sido el verdadero objetivo sino simplemente un medio para alcanzar un fin.

Es posible (no podría asegurarlo) que el manuscrito exista aún, en su libreta de anillas original. Confieso que no tengo el menor deseo de dar con él ni, mucho menos, de volver a leerlo.

Un par de años más tarde estaba yo en Estados Unidos, en uno de esos programas de intercambio de estudiantes. Antes de ir a mi destino definitivo (una pequeña población de Texas llamada —si no recuerdo mal— Katy y que parecía sacada de una película de Spielberg) pasamos un par de días en Nueva York.

Nueva York, nada menos. Donde vivía y trabaja Peter Parker, el asombroso Spiderman. Donde estaba el edificio Baxter, sede de los Cuatro Fantásticos. Y la mansión Stark, en la que se reunían los Poderosos Vengadores. Y la Cocina del Infierno, en cuyas calles el abogado Matt Murdock se enfrentaba al crimen como el enmascarado Daredevil. Y… ¿lo vais pillando?

Así que me puse a escribir una nueva novela. De superhéroes. Y, encima, qué narices, iba a poder ambientarla bien, con conocimiento de causa. ¿Acaso no veía asomar más allá de la ventana de mi hotel la aguja del Chrysler Building? ¿No había paseado por Times Square y me había acercado a Central Park y subido a una de las Torres Gemelas?

Bueno, vale, sí. Relájate y tómalo con calma, campeón.

Escribí una docena de páginas o poco más (recuerdo el arranque: un tipo se despertada en una habitación mugrienta de Nueva York sin tener ni la menor idea de lo que había hecho la noche anterior, qué original) y enseguida descubrí que no tenía ni la menor idea de por dónde tirar o qué hacer con aquello.

Algunos meses más tarde, ya de vuelta en España, quise escribir la historia de una adolescente en sus últimos años de instituto que, de pronto, descubría que podía volar. Quería escribir un retrato de la adolescencia, usar el tema de los superpoderes para explorar las consecuencias de la fama y, en general, hacer lo que podríamos definir como una «novela gafapasta de superhéroes». Sólo que no tenía ni idea de cómo hacer eso. Creo que por suerte. Nunca llegué a escribir esa novela.

Aunque sí lo hice, en cierto modo.

Demos un nuevo salto.

Han pasado unos cuantos años desde mis dieciocho. Estamos, de hecho, en 1998. He empezado a escribir una novela a la que voy a llamar Este relámpago, esta locura y en la que uno de los personajes es un joven diseñado genéticamente por una secta religiosa para que tenga habilidades sobrehumanas. De hecho, sus poderes no se diferencian mucho de los que uno suele asociar con Superman.

Fue una novela que encaré con ambición. Había varias subtramas (una de ellas, ciberpunk; otra contaba la historia de amor entre un maduro sacerdote y una adolescente) aparte de la central, que giraba alrededor del superhombre y de su negativa a convertirse en una especie de mesías superheroico que debía tomar sobre sus hombros la responsabilidad  del destino humano.

Por desgracia, los resultados no acompañaron a las intenciones. En cierto momento perdí el rumbo, las tramas que tenía en mente se simplificaron demasiado al pasar al papel y, de hecho, la novela menguó en tamaño y acabó convertida en una novela corta de poco más de setenta páginas.

Premio UPC 1998, que contiene «Este relámpago, esta locura»

Premio UPC 1998, que contiene «Este relámpago, esta locura»

Aunque lejos de mis intenciones iniciales, el resultado me pareció lo bastante satisfactorio para mandarlo al Premio UPC de aquel año. Y el jurado la encontró lo bastante decente para concederle el segundo premio. Salió publicada al año siguiente por ediciones B (en el volumen que, anualmente, recogía los ganadores del UPC) y fue elegida como Mejor Novela Corta por los votantes de los Ignotus en la HispaCon (convención española de ciencia ficción y fantasía) del año 2000.

No estuvo mal. Aunque, en mi fuero interno, seguía sin sentirme satisfecho del todo con los resultados.

Y, por supuesto, no fue ésa la última vez que introduje el tema superheroico en mis novelas.

Como ya he contado en otra parte, en Sherlock Holmes y las huellas del poeta, mi segunda novela holmesiana, acabó teniendo un papel secundario pero importante un joven periodista de gafas de pasta y habilidades sobrehumanas que respondía al nombre de Kent.

De hecho, en la siguiente novela del ciclo, Sherlock Holmes y la boca del infierno, la figura de Kent pasaría a primer plano y se convertiría en protagonista absoluto de la segunda parte del libro, donde traté de explorar su personalidad y sus motivaciones. Confieso que esa parte (titulada «La batalla interminable», una de las frasecitas promocionales que solían presentar al Hombre de Acero en serial radiofónico y, más tarde, en su serie de animación) aún sigue estando entre mis páginas favoritas, de todo cuanto he escrito.

Sherlock Holmes y el heredero de Nadie

Sherlock Holmes y el heredero de Nadie

Finalmente, en Sherlock Holmes y el heredero de Nadie,  Kent tendría un pequeño papel en la trama. Y no sólo él. En esta novela haría su aparición BW Kane, un justiciero enmascarado que aterrorizaba el corazón de los criminales bajo el nombre de guerra de «Alcaudón». Era, evidentemente, la otra cara de la moneda de Kent. De hecho, el propio Kane es consciente de ello cuando, en cierto momento de la novela dice que Kent es:

—El hombre más extraordinario del mundo, créame. Es luz donde yo soy oscuridad y esperanza donde yo no veo más que tinieblas. Es mi contrario en casi todo y, desde que ha desaparecido, el mundo es un lugar mucho más pequeño, ruin y oscuro.

Me lo pasé muy bien jugando con esos dos arquetipos superheroicos, y mostrando el modo en que contrastaban y, de un modo extraño, se complementaban.

De hecho, cuando terminé la novela, habían quedado sentadas las bases para una posible historia de superhéroes que tuviera como pivotes a Kent y Kane. Una especie de historia de «La liga de la justicia», por así decir.

¿La escribiré algún día?

Quién sabe. Sospecho que sí.

© 2012, Rodolfo Martínez
Posted in A mi alrededor, Magdalenas

Arthur C. Clarke

Es curioso. Cuando menciono escritores que me han influido o que se cuentan entre mis favoritos, casi nunca hablo de Clarke, ni siquiera cuando me limito a los escritores de ciencia ficción.

Y sin embargo Clarke fue una influencia muy temprana en mi vida de lector de CF, y bastante importante, sobre todo en mi infancia. Dos de sus novelas estaban entre lo primero que leí del género y una de ellas, de hecho, ocupó enseguida un puesto alto entre mis favoritas.

La otra era Las arenas de Marte, que no me entusiasmó especialmente. Recuerdo haberla leído, haber ido pasando las páginas con un interés moderado y haberla terminado sin que me pareciera gran cosa. No me aburrió pero tampoco me apasionó.

La ciudad y las estrellas

«La ciudad y las estrellas». De todas las ediciones que tuvo la novela en castellano (creo que todas por Edhasa), ésta fue la que leí en mi infancia.

Con La ciudad y las estrellas la cosa fue muy distinta. Me atrapó desde el primer momento, me fascinó esa imagen de la última ciudad sobre la Tierra y, a medida que iba pasando las páginas e iba descubriendo el funcionamiento y comportamiento de la sociedad que habitaba en ella iba sintiéndome más fascinado. Seguí emocionado la peripecia de Alvin, el rebelde que estaba decidido a traspasar los muros de la ciudad y averiguar qué había más allá. Lo hacía y el mundo, poco a poco se iba ampliando (otras sociedades, otras especies, nuevos planetas, un terrible secreto que resolver) y Alvin, finalmente desentrañaba el terrible secreto de la decadencia de la civilización y la humanidad. Recuerdo que incluso entonces, siendo tan joven, encontré aterradora la idea de que el ser humano había llegado hasta el final del universo y luego había retrocedido por puro miedo para después dejarse languidecer hasta casi extinguirse.

Leí la novela varias veces y hubo una época en la que, si me hubieran preguntado, seguramente habría dicho que era mi novela de ciencia ficción favorita. No es extraño: sigo pensando que La ciudad y las estrellas es perfecta como lectura juvenil. Con once, doce años (al menos, con los once o doce años que recuerdo) tiene el equilibro perfecto entre sentido de la maravilla, peripecia aventurera y reflexión interesante.

Años más tarde descubrí que, en realidad, era la ampliación de una novela corta previa llamada «Against the Fall of the Night» que a veces ha sido traducido a nuestro idioma como «Anochecer», con la consiguiente confusión con el relato de Asimov «Nightfall», que casi siempre ha sido traducido como «Anochecer» a nuestro idioma.

Pude leer la novela corta original (y la continuación horripilante que el insufrible Gregory Benford escribió, pero mejor no hablamos de eso), pero sigo prefiriendo la versión en novela. Supongo que, en buena medida, porque leí primero ésta que aquélla.

Con el tiempo, a medida que ampliaba mis lecturas, fueron cayendo en mis manos otras cosas de Clarke.

Cita con Rama, por ejemplo, que me encantó y me hizo ver que el personaje central de una novela no tenía por qué ser humano ni tan si quiera estar vivo, que el protagonista podía ser, directamente, un objeto.

Y El fin de la infancia, que me pareció un libro con un arranque espectacular que, poco a poco, se iba deslizando hacia las peligrosas aguas del Mar de los Pestiños. Mucha especulación filosófico-metafísica y muchas pretensiones pero, a la hora de la verdad, se convertía en una novelita mediocre que no era capaz de estar a la altura de las ideas que intentaba plantear. Su novela mejor considerada, generalmente, por las altas esferas, por otra parte.

Y, lógicamente, 2001: Una odisea del espacio, cuya mayor virtud fue hacerme comprensibles varios momentos de la película de Kubrik. De esa novela, siento cierta predilección por la primera parte, la dedicada a la tribu de homínidos «tutelados» por el enigmático monolito.

Me gustó mucho su continuación, 2010: Odisea dos. Me pareció un fascinante viaje por el sistema solar con dos o tres especulaciones interesantes y, en ciertos momentos, inquietantes.

Cuanto menos se diga de 2061: Odisea tres y 3001: la odisea final, mucho mejor, especialmente de la última. Aunque, sí, lo reconozco, las leí. Así como también intenté leer algunas de las continuaciones de Cita con Rama escritas en colaboración con Gentry Lee y me parecieron abominables.

También leí unos cuantos libros de relatos como Alcanza el mañana y, por supuesto, los Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco.

Y Cánticos de la lejana Tierra, que me invitó al bostezo en un par de ocasiones y me pareció moderadamente interesante en algunos momentos.

En resumen, Clarke es un autor al que nunca tengo en cuenta a la hora de nombrar mis favoritos pero del que he leído unas cuantas cosas. Y que me interesa lo suficiente para, si encuentro material suyo que no he leído, plantearme la idea de hacerlo.

Y, como ya he dicho, La ciudad y las estrellas, sí que es uno de mis libros-fetiche, uno de los que, sin duda, acabaría poniendo en una lista diez imprescindibles. Aún hoy la sigo releyendo con agrado y la historia me funciona: en muchos aspectos, me parece modélica a la hora de tratar y hacer creíble una tecnología ultraavanzada con respecto a la actual y, al mismo tiempo, diseñar una sociedad distinta a la nuestra de un modo plausible. Se adelantó en varios años a conceptos hoy habituales de la ciencia ficción (como la realidad virtual o la nanotecnología o la creación de objetos reales a partir de patrones informáticos, ya fueran alimentos, telas o mobiliario) y supo hacerlo de tal modo que aún hoy, cuando algunas de esas cosas son una realidad o están a punto de serlo, su descripción de esas cosas no nos parece anticuada o desfasada.

Tengo también la sensación de que su influencia —casi siempre no acreditada— ha sido para el género mucho mayor de lo que parece (pensemos en La fuga de Logan, por ejemplo).

Curiosamente, tuve oportunidad de hablar con Clarke y decirle lo mucho que me había gustado su novela. Fue durante el transcurso de la HispaCon (convención española de ciencia ficción y fantasía) de 1998, en la localidad valenciana de Burjassot.

Fue, sin duda, uno de los actos más emotivos de la convención. Aparte de mí estaban en la mesa Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, Gay y Joe Haldeman, Andrés Rodrigo y un joven que se iba a encargar de traducirnos lo que dijera Clarke y viceversa. Creo que esos eran todos, aunque bien puede fallarme la memoria. Y, por supuesto, al otro lado, el público presente en la sala.

Tras unos minutos de espera se estableció la comunicación telefónica con Sri Lanka, se puso a nuestro interlocutor en los altavoces y, tras una breve presentación, cada uno de nosotros empezó a hablar.

Todos intercambiamos unas pocas palabras con aquel anciano (su voz sonaba lejana y cansada y parecía enfermo) y él nos agradeció nuestros elogios. Joe habló con él un rato más que los demás, si no recuerdo mal; intercambiando tal vez alguna anécdota común. Y yo, como he dicho, tuve la oportunidad de decirle cuánto me había marcado en su momento La ciudad y las estrellas y agradecerle el haberla escrito.

Cuando terminó el acto y la conexión telefónica se interrumpió, creo que el joven intérprete se echó a llorar. Seguramente la tensión y la responsabilidad (y, por qué no, la emoción) pudieron con él.

Pocas veces uno tiene la oportunidad de acercarse a un autor y, simplemente, darle las gracias por haber escrito algo, por haber sido capaz de crear algo que ha hecho nuestro mundo un poco más grande. Me alegro de haber podido hacerlo con Clarke.

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in A mi alrededor, Magdalenas

«Amistad»: otra vez Yáxtor Brandan

Amistad, una historia de Yáxtor Brandan

Amistad, una historia de Yáxtor Brandan

Desde hace unos días ya está disponible para su descarga gratuita un nuevo relato de Yáxtor Brandan, el personaje central de El adepto de la Reina y El Jardín de la Memoria. Se titula «Amistad» y tiene lugar poco después de que Yáxtor ingresase en la rama ejecutiva de los adeptos empíricos. Durante el transcurso de una de sus primeras misiones conoce a Fléiter Praghem y, juntos, colaborarán más tarde en una misión que los enfrenta a un extraño profeta que ha aparecido en la ciudad de Jarsarén.

«Amistad» es el segundo relato que Sportula publica sobre Yáxtor Brandan y, como el anterior  («Embrión») se ofrece como ebook gratuito para todo aquel que tenga interés en saber un poco más del adepto empírico, su historia, su pasado y su mundo.

Podéis descargároslo pichando aquí.

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in Mi misma mismidad, Pergeñando

Desagraviando

Siempre que hablo de mi primer relato publicado, menciono «El chico de la moto es el rey», aparecido en el número 10 de Máser, el fanzine que editaba Juan José Parera. Como tiendo a ser un puñetero desastre organizativo, a menudo menciono la fecha de 1989, pero consultando ahora la completísima bibliografía que de mí tienen en La Tercera Fundación, veo que fue en 1987.

Y veo también que, en realidad, no fue ésa mi primera publicación. De hecho, según La Tercera Fundación, publiqué mi primer relato unos cuantos años antes.

¿Cómo fue eso?

Recuerdo, en su momento, haberme puesto en contacto con —creo— Carmelo Rosales Santana, un aficionado de Canarias que publicaba un fanzine llamado Black Hole. Recuerdo haber hablado con él de esto de lo otro y de lo de más allá y haberle mandado algunos de mis cuentos.

Y, tras eso, no volví a pensar mucho en el asunto. Creo que le mandé los cuentos simplemente para que los leyera. No esperaba gran cosa del tema ni tenía la menor idea de que los estuviera considerando para su fanzine.

Es difícil recordar los detalles (hablamos de cuando tenía dieciséis años, allá por 1981) pero fue más o menos así.

Es posible que Carmelo me dijera que había aceptado dos de los cuentos que le mandé y que pensaba publicarlos en el fanzine. Hasta es posible que, en su momento, me mandase un ejemplar del mismo. No puedo asegurarlo. Mi memoria insiste en decirme que no, que tras aquel contacto no volví a saber de él, pero es muy posible que me equivoque.

En cualquier caso, no volví a pensar en el tema. Y, curiosamente, no volví a intentar publicar un relato en ningún otro sitio hasta casi seis años más tarde, cuando le envié a Juanjo Parera un par de cuentos para su Máser. Para entonces, ya había olvidado totalmente el tema de Black Hole. Y, de hecho, ni siquiera conservaba los relatos que había publicado, titulados «Los únicos seres vivos» y «Elecciones».

Así que, para mí, la aparición de «El chico de la moto es el rey» en Máser 10 es mi primera publicación (mi «primer vuelo» según la terminología que usaba Nueva Dimensión). Lo cual no es cierto y, además, injusto. Seis años antes, mi firma ya había aparecido al pie de dos relatos en un fanzine llamado Black Hole que se hacía en Canarias.

Recogido queda aquí, por tanto, como desagravio y para que quede constancia del hecho.

 

POSTADATA:

Sí que recuerdo perfectamente ambos relatos. Que me acuerde de «Elecciones» no es raro, pues aún conservo la adaptación al cómic que un amigo hizo de él cuando éramos adolescentes, pero es más sorprendente que tenga tan claro en la memoria «Los únicos seres vivos», del que no conservo copia alguna.

Ambos eran cuentos con retruécano final.

El primero, «Elecciones» era un chiste bastante facilón. Y, anticipándose en varias décadas a la moda, un microrrelato de dos o tres párrafos. Básicamente un personaje se preguntaba a quién iba a votar en las próximas elecciones. En la frase final, descubríamos que era un ángel que no sabía a qué deidad elegir con su voto. Una chorrada de chiste.

El segundo estaba resuelto, por lo que recuerdo (y, de nuevo, puede que me equivoque) como un diálogo entre dos individuos. Consideraban a su planeta el único con seres vivos de todo el universo, ya que el universo entero giraba alrededor de ellos y ellos eran los únicos inmóviles: para ellos, todo cuanto se movía, estaba muerto, y era la inmovilidad lo que marcaba que algo estuviera vivo. Al final, descubríamos que quienes hablaban eran dos rocas lunares. Un intento de relato de «inversión de ideas», como los llamaba Asimov. Un intento bastante patético, todo hay que decirlo.

Esos dos fueron mis primeros cuentos publicados. No creo que nadie hubiera dado un duro por mí (¿un duro de 1981?, ni de coña, ni una peseta) tras leerlos. Yo mismo no lo habría hecho, en realidad.

Pero, bueno, aquí estamos, sea donde sea, treinta años más tarde.

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in A mi alrededor, Magdalenas

De Macondo a Bespin

A los quince años, aproximadamente, me puse a escribir una trilogía de fantasía heroica. Tenía que ser una trilogía, por supuesto; al fin y al cabo, era el mantra de la época.

Un enemigo que volvía, un grupo de personajes cuyos destinos se unían durante un viaje, un campeón elegido para representar a los hombres en un desafío del que todo dependía, viajes, amenazas, traiciones, peleas, amores contrariados, varias tramas paralelas…

Y, por supuesto, un mapa detallado. Y una cronología del universo en el que se desarrollaba todo. Y, como no podía ser menos, un idioma inventado. Y un alfabeto.

En otras palabras, intentaba ser Tolkien.

Obvio es decir que no lo conseguí.

La empresa, sin embargo, me mantuvo ocupado durante algo más de tres años, al acabar los cuales había terminado el primer volumen de la trilogía y parecía ir avanzando a buen ritmo por el segundo.

Era el momento adecuado para dejarlo. Cosa que hice un día, tras darme cuenta de que no iba a llegar a nada que mereciese la pena. No me arrepiento de haber dedicado mis esfuerzos literarios de esos tres años (no en exclusiva, pero sí en su mayor parte) a esa tarea. Aprendí bastante el proceso y no todo fue trabajo que acabase en la papelera. Ciertas situaciones, ciertos elementos de ambiente y geografía, acabaron sobreviviendo y pasaron (muy deformados) a mi obra posterior.

Y hubo algo que, en principio, era puramente anecdótico y que acabó teniendo más importancia de la que yo preveía:

En cierto momento de la novela (que se llamaba, por cierto, El hombre y la diosa), el protagonista se veía apartado del resto del grupo y entraba de noche en una villa costera donde tenía una curiosa conversación con su creador, con el tipo que estaba escribiendo la novela en la que él era un personaje.

Original de narices, ¿eh? Bueno, era joven, acababa de leer Niebla de Unamuno y el pasaje donde el personaje central de la «nivola» iba a ver a su autor para pedirle que, por favor, no le «suicidase» me había marcado bastante.

En cualquier caso, cuando hubo que darle un nombre a ese pueblo de pescadores de aspecto fantasmal y ambiente onírico, decidí llamarlo Drímar. Básicamente tomé el término «dream», castellanicé su grafía y le añadí una terminación.

Drímar.

Me gustaba cómo sonaba. Y estaba seguro de que, tarde o temprano, lo usaría de nuevo.

De hecho, no tardé en hacerlo.

Con dieciocho años, acababa de descubrir Cien años de soledad. Caí sobre la novela de un modo un modo… voraz. El libro me duró menos que un suspiro y cada página que leía me tenía atrapado, hechizado, fascinado.

No tardé en hacerme con otras novelas de García Márquez. Y menos aún en darme cuenta de que muchas de ellas estaban ambientadas en una ciudad colombiana ficticia llamada Macondo. Faulkner tenía su Yoknapatawpha; Benet, su Región; Clarín, su Vetusta… Y García Márquez, su Macondo.

Y yo, me dije, no iba a ser menos.

Así que volví sobre Drímar, y decidí usarlo.

Decidí también que Drímar iba a ser una mezcla de Candás (mi pueblo de nacimiento) y Gijón (mi lugar de residencia desde hacía ocho años). Iba a ser un escenario en el que la realidad, lo onírico, los miedos y las fantasías, lo que pudo haber sido y lo que fue de verdad iban a convivir sin solución de continuidad. Iba a ser, pensaba con mis dieciocho años a cuestas, mi monumento a la nostalgia.

Me embarqué en la concepción de algo que llamé Cuatro noches en Drímar y donde narraba (y, de paso fantaseaba con ello, con todo lo que no había pasado pero pudo haberlo hecho) el periodo que iba de mis quince años a los dieciocho.

Eran cuatro capítulos. Cada uno abarcaba un año de mi vida (la real y la fantaseada), ocupaba unas cincuenta páginas y era una sola frase en la que, sin solución de continuidad, convivían distintos momentos temporales,  diferentes puntos de vista narrativos y la secuencia de los acontecimientos era un carrusel un tanto enloquecido.

Si alguien piensa que hacía poco que había leído El otoño del patriarca de García Márquez, no va muy desencaminado, en efecto.

El resultado fue, digámoslo claro, pura basura autocomplaciente. No en sus intenciones, quizá, pero me temo que sí en sus resultados. No tenía ni la experiencia vital suficiente ni la madurez literaria necesaria para que hubiera sido otra cosa.

Pese a todo, intenté continuarlo, convencido de que aún podía sacar algo bueno de todo aquello. Escribí un relato llamado «Quinta noche en Drímar» donde, un año más tarde, a los diecinueve, intentaba de nuevo codificar literariamente algunos acontecimientos de mi vida. De nuevo el resultado fue… el esperable. Creo que llegué a empezar una «sexta noche», pero sospechó que no llegué a terminarla; y, de hacerlo, fue la última, eso seguro.

Mi intento de crear mi Macondo particular, mi territorio literario personal, no parecía estar yendo muy bien.

Luego, un día, me puse a escribir algo que podríamos definir como un western postapocalíptico: una sociedad en ruinas, un pistolero de mirada fría, un pasado en el que prefería no pensar que le salía al paso, un tiroteo…

Y, por algún motivo que hoy ya no recuerdo, decidí que aquello también se ambientaría en Drímar, pero ya no en el pasado, sino en el futuro. En un futuro donde la sociedad, tal como la conocíamos, había desaparecido, y la pura supervivencia era el único factor relevante. Un escenario fronterizo. También, un escenario de ciencia ficción.

Que, al fin y al cabo, era lo que llevaba escribiendo desde los doce años. Así que, después de haberla abandonado, primero por la fantasía de corte tolkieniano y luego por un patético intento de hacer realismo mágico, volvía a mis raíces. De vuelta en casa, ¿qué hay para cenar?

Pues, como casi siempre, lo que había era un batiburrillo extraño que tenía mucho de western, de relato fronterizo; y era también ciencia ficción en su variante postapocalíptica; y no dejaba de ser una rememoración de un pasado que era como un fantasma molesto que no terminaba de irse jamás. Era, en realidad, una extraña macedonia en la que intentaba meter todo lo que me gustaba y me apetecía contar. Y trataba de hacerlo a la vez y sin preocuparme demasiado por cómo iba a encajar todas las piezas.

Y, de algún modo u otro, lo hacían. Encajaban. Mejor en algunos casos que en otros, pero la mezcla funcionaba.

Y siguió haciéndolo a medida que le fui añadiendo más ingredientes.

Escribí varios relatos ambientados en esa Drímar, en lo que podríamos llamar la segunda etapa. Y también una novela, Después del pasado, que estuvo a punto de ser publicada en Máser, el fanzine que hacía Juan José Parera, una historia que tal vez cuente otro día.

Y, poco a poco, Drímar fue creciendo. No hubo una tercera etapa, en el sentido de que no hubo un momento en que tuviera la sensación de que estaba ante una nueva fase del escenario. Simplemente, a medida que nuevas historias se me iban ocurriendo, Drímar se adaptaba a ellas, cambiaba para acomodarlas, crecía para hacerles espacio.

En un principio había sido un territorio de pura nostalgia. Una especie de pasado inventado.

Luego, fue un futuro cercano. Un futuro sombrío, en el que la civilización estaba en ruinas.

Y, poco a poco, ese futuro se fue ampliando. La civilización fue reconstruida. El hombre dejó su planeta de origen, se expandió por el sistema solar, aprendió a viajar más rápido que la luz y, por fin, colonizó la Galaxia.

Fue un proceso que duró varios años. Y no fue diseñado de un modo consciente ni premeditado.

Cada vez que se me ocurría una nueva historia que narrar, la primera pregunta que me hacía era: ¿tiene cabida en Drímar, puede desarrollarse allí?

A veces la respuesta era un claro «no». Otras, un «sí» muy evidente. Pero en la mayoría de los casos se trataba de un «tal vez».

Tal vez, si extiendo la cronología unos cuantos años y hago que pase esto, lo otro y lo de más allá. Porque para entonces, sí que tenía una cronología de los acontecimientos principales… de algo me había servido el trabajo de El hombre y la diosa, al fin y al cabo.

Tal vez, si retrocedo a este momento del escenario y lo amplio con este acontecimiento y el de más allá.

Tal vez, si aprovecho que aún no he publicado nada de todo esto y hago que esto no haya pasado y en su lugar haya sucedido esto otro.

Prácticamente todos estos «tal vez» se transformaron en «sí».

Y, con cada nueva pieza, Drímar fue creciendo. Y creciendo. Y creciendo.

Un puñado de historias se desarrollaba en la época posterior al colapso de la civilización, el periodo al que llamé «El Interregno».

Algunas, especialmente las de mi detective privado Roy Córdal, en el periodo posterior a la reconstrucción.

Y buena parte de ellas, las más largas, complejas y ambiciosas, aquellas con las que di el paso de autor primerizo a novelista publicado, durante la colonización de la Galaxia por parte de la humanidad.

De éstas, una de las últimas fue La sonrisa del gato, mi primera novela publicada, que se desarrollaba en una estación espacial en forma de peonza que (tardé en darme cuenta, os lo aseguro, no fui consciente de ello mientras escribía la novela) estaba inspirada en Bespin, la ciudad en las nubes que aparece en El imperio contraataca.

Drímar es, posiblemente, el escenario al que más tiempo le he dedicado como escritor. Su primera aparición, casi anecdótica, en aquella novela de fantasía, fue allá por 1981 y la última aportación al universo (Bifrost, que tarde o temprano aparecerá de la mano de Sportula) fue escrita en 2001. Veinte años, por tanto. Veinte años durante los cuales, partiendo de un entorno intimista y onírico, acabó convirtiéndose en un ciclo narrativo que abarcaba varios miles de años y buena parte del espacio conocido.

Una buena porción del material que escribí ambientado en Drímar se quedó por el camino. Parte de él, antes de morir, dejó semillas que acabaron germinando. Fue un proceso largo, a veces complicado y casi siempre gratificante, de aprendizaje. Con Drímar perdí los «dientes de leche» como escritor y desarrollé y di forma definitiva a mis obsesiones, mis manías y mis hábitos a la hora de encarar la narrativa.

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in A mi alrededor, Magdalenas

Nunca tiro nada

Hace poco, rebuscando por mis viejos papeles en busca de otra cosa (que, por supuesto, no encontré) me di de narices con la copia impresa de una vieja novela escrita a finales mediados de los años ochenta y que nunca conseguí publicar.

Bueno, en realidad encontré la segunda parte de las tres en las que estaba dividida la novela. No tengo ni idea de qué habrá pasado con la primera y la tercera.

La cosa en cuestión se llamaba El centro de la galaxia y era, más o menos, un space opera, una aventura espacial. Mientras releía aquello (y me decía a mí mismo una y otra vez «pero, por Dios, qué malo es esto, mira esos diálogos, qué patéticos») recordé que, en realidad, aquella novela era una reelaboración de otra que había empezado a los diecisiete años y que nunca llegué a terminar llamada La tercera galaxia.

Ambas versiones se iniciaban con una guerra a escala galáctica entre dos facciones: Amre y Sáver. Y si alguien quiere saber de dónde saqué los nombres, que piense en la Guerra Fría y en sus dos principales contendientes. Una tercera facción, hasta entonces en la sombra, irrumpía en mitad de la contienda y era la que terminaba ganando. Hasta ahí, por lo que recuerdo, lo que llegué a escribir de la versión original, La tercera galaxia.

El centro de la galaxia contaba, en su primera parte, más o menos eso mismo. La segunda era la historia de un grupo de exiliados que habían logrado huir antes de que la facción en la sombra se hiciera con el control total en la galaxia. La tercera y última parte narraba cómo ese grupo de exiliados regresaban y liberaban a los pueblos galácticos del yugo bajo el que estaban.

La parte que conservo, como he dicho, estaba escrita con torpeza, llena de personajes tópicos y estereotipados, diálogos de película barata de los años setenta y, en general, con una peripecia no demasiado original. Lo que recuerdo de las partes que se han perdido no es mucho mejor.

Así que, si lo pienso, bien, mejor que se hayan perdido, qué narices.

Sólo que, ¿lo han hecho?

Aquellos que hayan leído el ciclo de Drímar o parte de él, saben que a partir de determinado momento la galaxia se divide en dos facciones: La Confederación de Drímar y el Mandato Sáver.

Y aquellos que hayan leído «Los celos de Dios» o La sonrisa del gato, recordarán la existencia de una nueva facción, que aguarda entre las sombras el momento adecuado para hacerse con el poder y eliminar a las dos facciones existentes, cuando la Dispersión acabe provocando un estado de caos y, seguramente, de guerra en la galaxia.

Y, cuando alguien le eche los ojos encima a Bifrost (último libro del  ciclo de Drímar y que saldrá, si todo va bien, para 2013), descubrirá que, con el tiempo, un grupo volverá a la galaxia dispuesto a destronar a la criatura que se ha hecho con el poder en ella.

Es decir toda una subtrama importante para los acontecimientos del trasfondo en la última parte de mi ciclo de Drímar tiene su origen en algo que escribí por primera vez con diecisiete años. El material original no era publicable, desde luego. Ni tampoco el que escribí años más tarde partiendo de él. Pero de algún modo, no fue un trabajo estéril. Sus semillas germinaron en mi mente, se ramificaron, se mezclaron con otras ideas y acabaron dando un fruto que mereció la pena.

Nada de lo que escribes es inútil, no por completo. Por malo que sea, por carente de valor que parezca, todo acaba teniendo su utilidad, de un modo u otro.

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in A mi alrededor, Magdalenas

¿Gigatrek?

Me temo que el chiste acabó resultando inevitable.

Veréis, Gigamesh empezó como un fanzine. Y así siguió durante unos años. Luego, Alejo Cuervo decidió dar el salto a revista profesional y de ahí surgió un primer número de Gigamesh (con fecha de portada Junio/Julio de 1991), que tuvo una distribución bastante potente en toda España. De hecho, en su día pude llegar a verla en varios quioscos de Gijón. Y si llegó hasta aquí es que tuvo que haber llegado a todas partes.

No tengo la menor idea de cómo se vendió ese primer número de la revista, aunque los rumores de la época decían que a Alejo se le había ido la mano, había hecho imprimir como veinte mil ejemplares y se había visto obligado a comerse con patatas buena parte de ellos.

Repito, era la rumorología que había por aquel entonces. No tengo manera de saber qué había de verdad en ella. Aunque, conociendo cómo son estas cosas es fácil suponer que el rumor fuera una exageración que contenía algún que otro elemento real.

El caso es que sacó un segundo número. La revista era bimestral, así que aquél fue el número de Agosto/Septiembre del 91. Tras la salida del número tres, con un pequeño retraso (Enero/Febrero de 1992), la cosa parecía estar afianzada y en marcha.

Así que nos dispusimos a esperar por el número cuatro.

Y a esperar.

Y a esperar.

Y pasaron los años. Casi tres, si no recuerdo mal. Pese a las protestas de su editor, casi todo el mundo en el fandom estaba convencido de que el experimento Gigamesh había pasado a mejor vida tras un periodo fugaz e interesante en que había intentado convertirse en revista profesional y que, aunque su muerte nunca sería anunciada de forma oficial (eso nunca se hacía en el fandom: los fanzines entraban en hibernación, jamás se cancelaban, no importaba que la hibernación fuera eterna), ésta era un hecho.

Lo cual demuestra lo equivocado que uno puede estar. O que muchos pueden estar. Porque hubo un número cuatro de Gigamesh. Y un cinco. Y un seis. Y, con el tiempo, aunque fue costoso (hubo un larguísimo paréntesis entre el número 6 -diciembre del 95- y el 7 -octubre del 96-), Gigamesh empezó a cumplir plazos y fechas y la revista salió puntual y sin retrasos. El responsable de eso (y de hacer que la publicación empezase a convertirse en un referente entre los aficionados) fue, sin la menor duda, Julián Díez.

Pero, entretanto, y hasta la llegada de Julián, el tiempo seguía pasando, no salían números nuevos de Gigamesh y, sin embargo, su editor anunciaba que la revista no estaba muerta y que, en cuanto ciertas cosas estuvieran en orden, seguiría adelante.

Así que, como decía al principio,  el chiste fue inevitable.

No sé quién lo lanzó al aire. Pero no tardo en calar entre los aficionados. No es sorprendente, era sencillo, directo y su retruécano resultaba perfectamente comprensible por todos:

—Oye, ¿te acuerdas de aquel episodio de Star Trek: la nueva generación en el que Picard está leyendo el número cuatro de Gigamesh recién salido de imprenta?

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in A mi alrededor, Magdalenas

¿Estamos solos en el universo?

Nueva Dimensión 119

Nueva Dimensión 119

Esa pregunta encontró respuesta para mí a principios de 1980.

Hasta ese momento, no lo tenía claro, pero si me lo hubiesen preguntado, habría dicho que sí, que estábamos solos. Concretamente, que Javier Cuevas y yo estábamos solos, éramos los únicos aficionados a la ciencia ficción y la fantasía que había en el mundo. Bueno, venga, no exageremos. Dejémoslo en España.

Sabía que no podía ser así. Por ingenuo que fuera, era imposible que una editorial sobreviviera vendiendo sólo los ejemplares que podíamos adquirir Javier y yo. Así que, obviamente, alguien más leía a Asimov, a Clarke, a Dick o a Heinlein. Y seguro que hasta había gente que leía al tipo aquel polaco tan raro (no, no hablo de Sapkowski, obvio es decirlo) cuyos libros a veces veía en los estantes pero que nunca me decidía a pillar. De hecho, sabía que algunos compañeros de clase leían ocasionalmente ciencia ficción y les gustaba.

Pero no era lo mismo. Eran lectores generalistas que lo mismo se leían un policiaco que un histórico, una novela realista decimonónica, el best-seller de moda o una de ciencia ficción. No sentían verdadera predilección por un género concreto. No eran fans.

No eran, por usar una palabra que yo entonces desconocía, friquis.

La lógica me decía que no, que no podíamos estar solos. Vale que tanto Javier como yo éramos… iba a decir excéntricos, pero ninguno de los dos tenía suficiente dinero para ser calificado así. Así que éramos simplemente raros. Capaces, más o menos, de mezclarnos con la gente… ¿normal? y socializar con ellos e incluso, en ocasiones, de camuflarnos y mezclarnos en la multitud y parecer uno más. Pero no, aquéllos no eran los nuestros. Estábamos entre filisteos. En algún lugar tenían que existir más fieles de la fe secreta (bueno, no tan secreta, porque lo cierto es que nunca hicimos ningún esfuerzo en ocultarla) que compartíamos.

Y un día, alguien vino con la respuesta bajo el brazo. Un compañero de clase me trajo dos extraños libros… que no eran dos libros, sino dos números de una revista. Con un formato raro de narices (casi cuadrada, un poco más ancha que alta), se llamaba Nueva Dimensión y en aquellos dos números, si no recuerdo mal, estaban las dos primeras antologías que Isaac Asimov había recopilado de los ganadores de los Premios Hugo.

No eran, según supe después, verdaderos números de la revista, sino dos de los especiales que Dronte Argentina había sacado, algo que al parecer podían hacer en virtud de su contrato con la revista «de verdad».

Pero eso no importaba.

Existía una revista de ciencia ficción española. Como aquéllas de las que hablaba Asimov en los comentarios de sus cuentos: Astounding, Galaxy, F&SF

Y si existía, estaba en los quioscos o las librerías. Y, por tanto, podía hacerme con ella.

Así que me acerqué al lugar donde solía comprar los libros. Una librería llamada Paradiso que, en aquellos tiempos, era lo más parecido al cielo que podía encontrar un solitario aficionado a la ciencia ficción en Gijón. Tenían un estante completo de CF. Y otro de fantasía. Y otro de cómic. Y otro más de novela policiaca. Y la gente que trabajaba allí conocía lo que vendía, te orientaban, podían informarte. Era, de lejos, lo más parecido que podías encontrar en 1980 en una ciudad de provincias española a una librería especializada.

Y sí, allí estaba, un ejemplar del número 119 de Nueva Dimensión. No era como los que me había dejado mi compañero de clase: el formato ya era más estándar, más parecido a un libro normal, aunque seguía manteniendo el mismo diseño de portada. Y unos minutos más tarde, con él bajo el brazo, me dirigí a casa. Abrí sus páginas y empecé a leer.

¿Y qué era aquello?

¿Solos? ¿Qué coño íbamos a estar solos? Si uno leía las páginas de Nueva Dimensión se quedaba con la sensación de que la península hervía de grupos de aficionados, cada uno de ellos embarcados en multitud de actividades. Y, encima, había una cosa llamada HispaCones donde se reunían todos una vez al año. La última había sido en Madrid, en 1979, y aquel número hablaba de ella y publicaba algunos de los relatos que se habían premiado en su transcurso.

¡Relatos de ciencia ficción de autores españoles!

Así que no era yo solo el que se tiraba tardes y tardes escribiendo ciencia ficción. Y, encima, había tipos que conseguían publicarla. Me llamó especialmente la atención un cuento de un tal Rafael Marín titulado «Habrá un día en que todos…». Aquel tipo tenía garra, sabía contar las cosas, habría que seguirle en el futuro. No contento con eso publicaban un fragmento de una novela de un tal Ignacio Romeo en una sección llamada «Lo que preparan nuestros autores». Y relatos de Joan D. Vinge y Leigh Bracket. Y un artículo de un tal Javier Redal sobre la ciencia ficción y la genética, y otro sobre comics de ciencia ficción (SF, como la llamaban entonces, usando las siglas anglosajonas) dedicado a Buck Rogers.

Y algo más. Una sección llamada «Se dice» donde se informaba de los libros que salían a la calle. De las revistas que había. Y de una cosa llamada fanzines que, básicamente, eran revistas hechas por aficionados donde se publicaban relatos y artículos de otros aficionados.

Y una sección de correo, donde los lectores opinaban sobre números anteriores de la revista y daban su divina opinión sobre lo que habían leído.

¿Solos?

Ni de coña. Qué narices íbamos a estar solos. El universo estaba lleno de aficionados a la ciencia ficción. Javier y yo teníamos la mala suerte de vivir en la periferia de la Galaxia, y nos parecía un lugar desolado y sin habitantes. Pero allá, a lo lejos, en el luminoso centro, había una civilización activa y abigarrada con la que acabábamos de establecer nuestro primer contacto.

Las últimas páginas de la revista incluían un boletín de suscripción. Ni siquiera me lo pensé. Lo rellené, lo puse un sobre y lo mandé por correo. Y a partir de ese momento, durante unos tres años, recibí puntualmente mi ración de ciencia ficción. Al principio cada mes, luego cada dos meses, cuando la revista se hizo bimestral.

Y, poco a poco, fui descubriendo el ancho mundo que había más allá de mi solitaria posición de aficionado casi solitario a la ciencia ficción.

A través de Nueva Dimensión descubrí a George R. R. Martin («Los reyes de la arena») y a John Varley («La persistencia de la visión») y a Orson Scott Card («La casa del canto») y me enteré de la enloquecida forma de pensar de Dick en el número especial dedicado a él, y descubrí la obra de autores españoles como Rafael Marín («Nunca digas buenas noches a un extraño»), el propio Domingo Santos, director de la revista («En la ciudad»), Ángel Torres Quesada (Dios de Dhrule y Dios de Kherle), Juan Miguel Aguilera y Javier Redal («Sangrando correctamente»). Y oí hablar de un fanzine llamado Space Opera que editaba Miguel Ángel Martínez y otro llamado Máser que publicaba Juan José Parera (él no lo sabía, pero unos nueve años más tarde se convertiría en mi primer editor). Y un día, sorpresa, me llegó un ejemplar de uno llamado Kandama que editaba un tal Miquel Barceló y que Nueva Dimensión regaló a todos sus suscriptores. Y un montón de ellos más.

Términos como fandom, WordlCon, SF (aunque yo siempre preferí llamarla CF) empezaron a ser familiares.

Estaba lejos, cierto. Pero ya no estaba solo. Y no lo estuve nunca más.

© 2011, Rodolfo Martínez
Posted in A mi alrededor, Magdalenas