Escrito en el agua

Escrito en el agua El blog de Rodolfo Martínez

8Mar/10155/7

El carpintero y la lluvia

El propósito original bajo el que surgió algo como Sportula era servir como vehículo para reeditar mi ciencia ficción de los años noventa, especialmente el ciclo de Drímar, compuesto por un puñado de novelas, novelas cortas y cuentos que habían sido publicados de un modo disperso y desordenado y que, hoy por hoy, no están al alcance del público.

Luego, las cosas fueron cambiando y fue una novela inédita lo primero que edité como Sportula: El adepto de la Reina. No será la última, probablemente, que publique de este modo.

Pero la idea original seguía ahí. Sigue ahí: reunir y agrupar temáticamente y (allí donde sea posible) cronológicamente las distintas narraciones de Drímar y volver a ponerlas a disposición de los lectores. Y hacer, además, que gracias a la impresión digital bajo demanda, estén siempre disponibles.

El carpintero y la lluvia es el primer volumen de los cuatro que compondrán este proyecto. Recoge dos novelas cortas y un cuento que guardan cierta relación temática y argumental y, si nadie lo remedia, estará en la calle el mes que viene.

El diseño de cubierta es de Alejandro Terán, como ya lo fue en El adepto de la Reina y espero que lo siga siendo en el futuro, y la ilustración de Juan Miguel Aguilera. Mi idea es que Juanmi sea el portadista de toda la serie, unificando de este modo el aspecto visual del ciclo.

Quedan tres volúmenes más. Un nuevo tomo de novelas cortas y dos novelas que deben rematar el ciclo. El plan es ir publicando un volumen al año, así que si todo va bien para 2013 el ciclo de Drímar estaría completo y ordenado y al alcance de todos.

Entretanto, El carpintero y la lluvia está prácticamente listo, dispuesto a buscar a sus lectores a partir del mes que viene.

© 2010, Rodolfo Martínez
Lo cierto es que mucho más crímenes y abuso infantil han sido cometidos por fanáticos en el nombre de Dios, Jesús y Mahoma, que los que se han cometido en el nombre de Satanás. A muchas personas no les gusta este hecho pero muy pocos tienen algo que argumentar al respecto.
Kenneth V. Lanning

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4Mar/10146/3

Se hace saber…

Tal día como hoy (hoy, de hecho) he decidido que a los imbéciles los puede ir aguantando su familia, que para eso están. O no haberlos dejado nacer. Pero yo paso.

A tal fin, los comentarios de este blog están bajo moderación.

Y a quien le escueza, ya sabe donde puede empezar a arrascarse.

© 2010, Rodolfo Martínez
Las prostitutas desempeñan la misma función que los curas, sólo que muchísimo mejor.
Robert A. Heinlein

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3Mar/1090/0

Tu obra no es tan tuya como crees, compañero

A veces, tengo que decirlo, el comportamiento de algunos autores/artistas/personas-creativas/como-narices-queráis-llamarlo me recuerda mucho el de las compañías farmacéuticas.

Sí, ya sabéis, esas malvadas y todopoderosas corporaciones que, cuando les exiges que abaraten sus medicamentos o los repartan gratis en el Tercer Mundo, por ejemplo, afirman que no pueden hacer eso. Que, al fin y al cabo, el medicamente es suyo, y les ha llevado diez años y diez citrillones de dólares desarrollarlo y tienen derecho a sacarle un beneficio.

Y lo tienen... ¿pero hasta dónde?

Sí, es cierto que han invertido trogollón. Y se han tirado años mirando, remirando, experimentando... yo qué sé.

Pero... ¿han partido de cero?

¿Han reconstruido ellos solitos toda la ciencia farmacológica (por no mencionar disciplinas que les son de ayuda en ese caso como la química, la física, la biología, la estadística...) para desarrollar ese medicamento?

¿No será más bien que partían de un conjunto previo de conocimientos -libre, gratuito y a disposición de todos y, en cierta manera, propiedad de todos- sin el cual ni de coña habrían podido desarrollar ese revolucionario medicamento que lo cura todo? Sin Pasteur, sin Galeno, sin Asclepio, sin... bueno, sin un montón de gente que a lo largo de la historia fue haciendo su parte -pequeña o grande- y cuyos descubrimientos se han convertido en patrimonio de todos, esa empresa no habría podido desarrollar ni el agua destilada.

Así que sí. Es cierto. Han puesto mucho dinero, dedicado mucho tiempo y han usado su propia creatividad y capacidad de trabajo. Pero también han tomado mucha creatividad y capacidad de trabajo que no era de ellos. O, mejor, que era de todos. Que era nuestra. Y la han usado sin pagar royalties ni patentes por ello.

Así que... nos deben algo, ¿no? Si esos conocimientos comunes son de toda la Humanidad y ellos los usan para sus investigaciones y para desarrollar sus productos, diría que están en deuda con nosotros. Y que ese medicamento revolucionario que han creado no es tan suyo como creen. También es nuestro.

¿Hace falta que extienda el símil a -por ejemplo- la literatura?

¿Hace falta que diga que, para empezar, un escritor no es nada sin un idioma, sin una cultura común en la que ha nacido y se ha criado, sin todas las obras que ha leído?

No, no estoy diciendo que el autor no tenga derecho a cobrar por su trabajo.  Claro que lo tiene. Faltaría más. Pero quizá ese concepto de "propiedad intelectual" con el que muchos se llenan la boca y que nos venden como algo sacrosanto, inalienable y monolítico sea un poco más resbaladizo de lo que parece.

Porque, se ponga como se ponga el autor, su obra no es tan suya como cree. Es también de Shakespeare. Y de Homero. Y de un anónimo ciudadano del Paleolítico que se puso a mentir sobre por qué se le había escapado el mamut aquel día. Está en deuda con todos esos tipos. Lo está con la sociedad en la que ha vivido y con la cultura en la que ha estado inmerso toda su vida. Lo está con el idioma en el que escribe, que no es suyo y por cuyo uso, aplicando esa lógica capitalista que exigen para que se respeten sus derechos, debería pagar royalties y patentes. ¿A quién? No sé. ¿A la RAE? ¿Al ministerio de Hacienda? A todos, en realidad.

Que sí. Que tu obra es tuya. Que la has creado tú  en la fría y oscura soledad de tu corazón, martilleando palabra a palabra y puliéndolas con un amor infinito. Que sí, hombre que sí. Que ahí hay un trabajo, un esfuerzo, una labor de amor, si quieres.

Pero también hay una serie de elementos comunes que son de todos nosotros, que tú has usado libremente sin pagar nada por ellos y que hacen que tu obra, te guste o no, quieras o no, no sea tan tuya como crees y nos pertenezca un poco a todos y tengamos ciertos derechos -aunque sean puramente morales- sobre ella.

Piénsalo la próxima vez.

© 2010, Rodolfo Martínez
Todo valor introducido por el usuario es tonto o malicioso a menos que se demuestre lo contrario.
Michael Howard

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9Feb/10304/5

Mientras tanto, en una librería de Polonia…

Gracias a Luis Aparici por las fotos.

© 2010, Rodolfo Martínez
El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar.
Gabriel García Márquez

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28Ene/10341/11

La sagesse des morts

Ése es el título que tiene la edición francesa de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, recién publicada en el país vecino por la editorial Mnémos y traducida por Jacques Fuentealba (al que tuve el placer de conocer en la pasada HispaCon en Huesca, por cierto).

Por lo que he podido leer (aún no tengo un ejemplar, pero espero que no tarde) la edición es en tapa dura. En cuanto a la ilustración de cubierta, juzgad vosotros mismos.

Quinto idioma, pues, para mi primera novela holmesiana. Y quinta ilustración de portada para la misma historia. Las otras, como seguramente recordareís, las podéis ver aquí mismo. Lo cierto es que, independientemente de que me guste más una que otra, me encanta el hecho de que cada editor haya decidido adoptar un estilo totalmente distinto para ilustrar la novela.

© 2010, Rodolfo Martínez
Caminar sobre el agua y desarrollar software a partir de unas especificaciones es fácilísimo si ambas están congeladas.
Edward V. Berard

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26Ene/10250/3

La perla, una fábula

Tenía once años, lo recuerdo muy bien, cuando leí mi primera novela de John Steinbeck. Cuando, en realidad, me la leyeron.

Sí, lo he escrito bien.

6º de EGB.  1976. Clase de lengua.

Y el profesor (un hombre al que nunca agradeceré lo bastante el modo en que convirtió mi infantil amor por la literatura en algo que sólo puede ser descrito como pasión) dedicó varias clases a leernos en voz alta una novela corta llamada La Perla.

No creo que le llevara muchas clases. Al fin y al cabo, ya lo he dicho, es una novela corta, casi un cuento largo. Y, en cierto modo, es precisamente eso, un cuento, una fábula. La historia de un pescador que un día encuentra la perla perfecta y el modo en que ésta cambia completamente su mundo. Y no para bien.

Inútil es decir que la historia me impresionó.

En parte (aunque eso lo supe mucho después, cuando volví a leerla -o quizá debería decir que la leí por primera vez- y reflexioné sobre ella) por lo bien que estaban construidos todos los personajes, no importaba lo arquetípicos que fueran. Con dos pinceladas, rápidas y precisas, Steinbeck era capaz de hacer que creyéramos reales a los participantes en aquel drama. Que los sintiéramos.

Y en parte, sin duda, por la sencillez aparente con la que todo estaba narrado. Usando sólo las palabras precisas para que la historia fluyera y para que los acontecimientos se desarrollasen ante nuestros ojos de un modo natural, inevitable. Para que, en suma, nos metiéramos en la historia como si fuéramos un personaje más.

Desde aquel momento John Steinbeck se convirtió en uno de mis escritores favoritos. O quizá debería decir que estaba destinado a convertirse en uno. Al fin y al cabo, pasaron varios años antes de que volviera a leer nada suyo. Y, cuando lo hice, el resultado no pudo ser más contundente. Era Las uvas de la ira, claro, seguramente su mejor novela; y confieso que si acabé leyéndola fue porque hacía poco que había visto la versión cinematográfica que John Ford había realizado.

En ella, Steinbeck narra las desventuras de una familia de campesinos que, en medio de la Depresión, pierden sus tierras y se ven obligados a emigrar a California para buscar trabajo como temporeros. Y era, y lo sigue siendo, una de las novelas más duras, desgarradoras y humanas que jamás he leído. La sensibilidad y la contundencia con la que Steinbeck se asomaba al corazón y al alma de los perdedores, de los desheredados, era asombrosa; pero lo era más aún el que fuera capaz de conseguir eso sin un solo atisbo de sensiblería fácil o compasión cursi-buenista. El novelista no nos ahorraba nada, ni bueno ni malo, y sus personajes estaban muy lejos de ser santos o de resultar inocentes. Eran, simplemente, seres humanos, con todas sus miserias y grandezas, que habían tenido mala suerte.

Luego llegaron, claro, Al Este del Edén, Cannery Row (y su "remake": Jueves, dulce día), De ratones y hombres o incluso su intento de adaptar La Morte D'Artur de Mallory al lenguaje del siglo XX y que acabaría siendo publicado de forma póstuma. Y unas cuantas novelas más.

Nunca he podido evitar la comparación entre Hemingway y Steinbeck. Injusta, sin duda, como todas las comparaciones. Y en ella, siempre ha salido mejor parado el segundo. No puedo evitar encontrar mucho de pose en Hemingway, sobre todo en el de las novelas. Sin embargo, Steinbeck me resulta auténtico en cada palabra que escribe, en cada línea, en cada página. Sí, ya lo he dicho, es una comparación injusta, seguramente. Y lo es desde el momento mismo en que el terreno natural de Hemingway es el relato y el de Steinbeck la novela. Comparar, por tanto, las novelas de ambos es hacer trampa, en cierto modo.

Pese a todo...

Es tentador comparar las dos historias más parecidas de los dos. La perla y El viejo el mar. Ambas son fábulas, ambas adoptan el formato de novela corta y en ambas está presente la lucha del hombre por dominar la naturaleza.

El problema es que no me creo del todo El viejo y el mar. Sí, por supuesto que la peripecia de ese pescador es apasionante, como lo es su empecinamiento, su negativa a darse por vencido, le cueste lo que le cueste. Y sin duda Hemingway describe magistralmente todo eso. Pero... no acabo de creérmelo. No por completo.  Todo me parece un poco de cartón-piedra, por así decir, un poco demasiado espectacular para ser cierto.  En cambio, en La perla ni siquiera me planteo si me estoy creyendo la historia o no: estoy demasiado metido en ella para pararme a pensar en esas tonterías.

© 2010, Rodolfo Martínez
Toda secta, mientras la razón la ayude, la usará con gusto; cuando le falle, exclamarán que es un asunto de fe, que está más allá de la razón.
John Locke

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21Ene/10234/3

Cien años de soledad, el culebrón definitivo

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Así empezaba lo que, sin duda, es el mejor culebrón jamás escrito. Y, con esa sola frase, Gabriel García Márquez estaba prefigurando, en cierto modo, lo que sería la estructura del libro; una estructura en la que el tiempo se movería en espiral y donde los acontecimientos, reinventados desde el recuerdo, cobrarían una naturaleza mítica.

De hecho, el manejo del fluir temporal es una de las constantes de García Márquez como narrador. El fluir temporal manejado como una maquinaría de precisión en Crónica de una muerte anunciada, o como un animal caótico, imparable y desbordante en El otoño del Patriarca. En la historia de la familia Buendía, el tiempo es en cierto modo un laberinto, tal vez un río lleno de meandros que en ocasiones vuelve a su curso anterior o se desparrama por un delta interminable que, pese a todo, no impedirá que desemboque en el mar.

Nada sabía yo de eso cuando, con diecisiete años, me senté a leer aquella novela llamada Cien años de soledad. Sabía, eso sí, que a su autor acababan de concederle el Premio Nobel de literatura, que era colombiano y que cultivaba aquello que tan de moda había estado en los años setenta y a lo que la crítica llamaba "realismo mágico". Una etiqueta que no tardó mucho en convertirse en un cajón de sastre en el que meter toda la narrativa latinoamericana y que, por tanto, acabó perdiendo la mucha o poca utilidad que hubiera podido tener.

No me importaba demasiado. En aquel momento, sin nada nuevo que leer, me dispuse a hincarle el diente a aquella novela que algún amigo le había dejado a mi padre.

Y no pude parar.

Era increíble. Lo que me estaba contando aquel tipo eran las aventuras y desventuras de una familia apellidada Buendía con una obstinada tendencia a llamar Aureliano y José Arcadio a sus miembros varones y una mala suerte a prueba de bomba. Generación tras generación, los Buendía iban pasando por la historia, creándola y sufriéndola a un tiempo y, mientras los hombres de la familia se empecinaban en las locuras que hacían el que el mundo cambiase, las mujeres eran las que lo mantenían unido e impedían que se deshiciera en mil pedazos mientras cambiaba.

Todo empezaba en un tiempo por determinar, en un momento fluido e impreciso en el que ni los años parecían discurrir de un modo muy regular y donde las épocas se entremezclaban de un modo confuso. Luego, lentamente, parecíamos entrar en la historia (momento marcado por la llegada de Apolinar Moscote, el enviado del remoto gobierno de la nación, al pueblo de Macondo) y, a medida que la narración avanzaba íbamos recorriendo un siglo XIX bastante sangriento para desembocar en un XX que no lo era menos. De algún modo, hacia el final, el tiempo se desgastaba, perdía fuelle y todo se movía por una bruma a medio definir que presagiaba un final cercano y cansino. Y luego, en las últimas páginas, mientras el huracán bíblico arrasaba Macondo para siempre, el último de la estirpe descifraba su destino en los manuscritos ininteligibles de Melquiades y comprendía que ni él ni su familia tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Era un cuento. Un cuento de sangre y de amor, de violencia y soledad, de intrigas y guerras.

Un culebrón, ya lo he dicho.

Un culebrón escrito desde la nostalgia y el puro placer de contar, de narrar.

Y se notaba.

En cada maldita página. En cada párrafo. En cada frase.

Lo que estaba haciendo allí García Márquez era reconstruir en clave de novela su mitología personal. El universo de ficción que, seguramente, había ido tomando forma en su cabeza durante la infancia, nacido de las charlas con su abuelo, de las conversaciones con las mujeres de la casa, de los rumores del pueblo y, en general, de cotilleos, recuerdos y agravios no olvidados. Puedo imaginarme a ese niño solitario e imaginativo espantado por las cosas que oía contar como si fueran reales y construyendo en su cabeza, sin saberlo, su propia realidad.

Una realidad que tardaría en cobrar una forma concreta y definida. Que intentaría asomar una y otra vez en lo que el joven Gabo escribía (en La hojarasca, su primera novela; en muchos de sus cuentos como "Los funerales de la Mamá Grande"; incluso en pequeños atisbos de sus otras novelas más realistas, más "con los pies en la tierra", como La mala hora o El Coronel no tiene quien le escriba) pero que nunca llegaba a tomar cuerpo del todo. No fue hasta que leyó La Metamorfosis de Kafka que comprendió cómo tenía que hacer las cosas si quería tener éxito. Cuando leyó "al despertar aquella mañana Gregorio Samsa descubrió que se había convertido en un enorme escarabajo" entendió que la clave para contar acontecimientos inverosímiles y hacerlos parecer reales era narrarlos como si lo fueran. De un modo cotidiano, sin darles importancia.

-Carajo -dijo-, de modo que así es como se hace.

Kafka estaba haciendo lo mismo que sus innumerables tías habían hecho cuando él era pequeño. Cuando se contaban entre ellas los rumores del pueblo y, seguramente, los embellecían con sus propias fantasías, lo hacían de un modo tranquilo, sin regodearse en lo increíble, sino aceptándolo como normal y natural.

Y eso fue lo que él hizo. Convirtió los chismes de su infancia (historias reales en muchos casos, rumores en otros, anécdotas "realzadas" por el rencor o la nostalgia en su mayoría) en material de leyenda y lo hizo parecer creíble por el método simple (¡ja!) de contarlo sin darle importancia.

Escribió, básicamente, un culebrón. Una historia de pasión, venganza, intriga, empresas imposibles, hombres indomables y mujeres firmes como rocas. Una historia en la que uso todos y cada uno de los recursos de la novela popular, sin ruborizarse ni pedir perdón por ello. Una historia que por fuerza tuvo que ser un revulsivo en su momento, pues devolvió el placer de narrar bien, de contar un buen cuento en un momento en que la novela atravesaba lo que parecía un callejón sin salida. Una historia que se vuelve universal a fuerza de trabajar una y otra vez con el más "local" de los materiales: tus propios recuerdos de la infancia.

Un culebrón, ¿ya lo he dicho? El mejor de los culebrones.

© 2010, Rodolfo Martínez
La verdad, en cuestiones religiosas, es simplemente la opinión que ha sobrevivido.
Oscar Wilde

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19Ene/10207/1

Sherlock Holmes en “La ventana”

Hoy, a partir de las cuatro, estaré en el programa "La ventana" de la cadena SER participando en un coloquio sobre el Sherlock Holmes de Guy Ritchie.

EDITANDO: Si queréis oír lo que se habló ayer de Sherlock Holmes, aquí lo tenéis:

© 2010, Rodolfo Martínez
No necesitas creer en el ateísmo, porque el ateísmo está basado en la razón.
Manfred F. Schieder

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19Ene/10259/0

Anecdotario holmesiano

Si de algo está llena la película de Guy Ritchie sobre Sherlock Holmes es de guiños para el aficionado, referencias a momentos del canon o chistes a costa de éste. Aclaro que todo eso está bien metido en la historia, de modo que son un extra para el aficionado pero no suponen un impedimento para el desconocedor del personaje y su entorno.

Anoto aquí algunos de los que recuerdo:

  • Cuando, al inicio del film, Watson está pasando consulta, oye ruido de disparos procedentes de las habitaciones de Holmes. Y es que el detective está escribiendo, a tiros, las iniciales V R (Victoria Regina) en la pared de su habitación.
  • La prometida de Watson es Mary Morstan. Éste es uno de los pocos elementos en los que la película contradice abiertamente el canon holmesiano, ya que se afirma que Sherlock Holmes no la conoce aún. Sin embargo, tal como se cuenta en El signo de los cuatro, Holmes y Watson conocen a la vez a la señorita Morstan, cuando ésta acude a Baker Street para pedirle ayuda al detective.
  • La fotografía de Irene Adler que Holmes conserva en sus habitaciones es, sin duda, la que le pidió como pago al Rey de Bohemia al final del relato "Un escándalo en Bohemia", donde Holmes y Adler se encuentran por primera vez y donde ella burla al detective. Desde ese momento, para Holmes, Adler es "la mujer".
  • En cierto momento Watson nos sorprende deduciendo varias cosas del propietario del reloj que Holmes ha recuperado de un cadáver: dice que su propietario era dado a la bebida -deducido a partir de las marcas de arañazos en la cuerda del reloj- y que pasaba por épocas de penuria y recuperación económica -como demuestran los pequeños números grabados con un alfiler en la parte interna de la tapa del reloj-. No es sorprendente que Watson deduzca todo eso: le basta con recordar las deducciones que Holmes le había hecho en su momento examinando el reloj del hermano de Watson, como se cuenta al inicio de El signo de los cuatro.
  • Cuando Holmes y Watson dejan el cementerio donde lord Blackwood parece haber resucitado, el primero dice algo así como "comienza la caza". No he visto aún la película en el original, pero sin duda la frase en inglés es "the game is afoot", una de las expresiones favoritas del detective cuando los casos se animan.
  • La experiencia de Holmes como pugilista (y bastante bueno, de hecho) se menciona también en El signo de los cuatro.
  • La habilidad de Holmes para disfrazarse hasta resultar irreconocible se comenta, y se muestra, varias veces a lo largo del canon. En la película lo vemos disfrazado dos veces: tras la primera visita de Irene Adler (en una brillante secuencia donde va improvisando partes de su disfraz sobre la marcha mientras sigue a la mujer por la calle) y cuando el detective visita a Watson en el hospital.
  • El uso del tabaco como "herramienta de trabajo" (en ocasiones Holmes califica la dificultad de los misterios por el número de pipas que le va a llevar desentrañarlos: "este es un problema de tres pipas", dice alguna vez) se muestra en una breve secuencia donde un Robert Downey Jr. ensimismado fuma su pipa y vemos, a sus espaldas, una pared llena de garabatos que hacen referencia al caso que investiga.
  • El "gobierno en la sombra" que se nos muestra en la película (donde buena parte de los altos funcionarios gubernamentales o los miembros del Parlamento pertenecen a una sociedad secreta que resulta ser una suerte de mezcla entre la Masonería y el Golden Dawn) remite al momento final de Asesinato por decreto, la película donde Christopher Plummer interpretaba a Holmes y James Mason, a Watson. Y remite también a la realidad, claro, pues muchos de los altos funcionarios del gobierno eran masones. Y ya puestos, entronca con la teoría sobre los crímenes del Destripador expuesta por Stephen Knight y utilizada por Alan Moore para su From Hell.
  • Hay una referencia de pasada a Mycroft, el hermano mayor de Sherlock Holmes.
  • Y, por supuesto, cualquier aficionado desentraña sin problemas la identidad del misterioso profesor que contrata a Irene Adler mucho antes de que ésta diga su nombre.

En fin, estoy seguro de que la película tiene bastantes más guiños al aficionado y que un revisionado de la misma me los revelará. Entretanto, estos son los que recuerdo ahora mismo. Seguro que otros espectadores han encontrado más referencias.

Pensando en el asunto, no puedo evitar preguntarme sobre el camino que recorrerá la continuación. Parece claro que Moriarty será el enemigo a batir, y me pregunto si los guionistas optarán por usar "El problema final" (o al menos su trama general y su conclusión) y la siguiente película terminará con un cliffhanger -nunca mejor dicho- en el que se muestre la caída de Moriarty y Holmes en las cataratas de Reichenbach.

Confieso que la idea me gusta bastante. Ya veremos.

© 2010, Rodolfo Martínez
Debemos investigar y luego aceptar los resultados. Si no resisten ante los experimentos, las mismísimas palabras de Buda deben ser rechazadas.
Tenzin Gyatso

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18Ene/10359/13

Sherlock Holmes, reinventando el icono

De entre los comentarios que he leído estos días sobre la nueva película de Sherlock Holmes protagonizada por Robert Downey Jr. y Jude Law y dirigida por Guy Ritchie, hay uno que he visto repetido con cierta frecuencia y que podría resumirse en: es una buena película de aventuras, pero esos dos personajes no son, para nada, Holmes o Watson.

Estoy bastante en desacuerdo, la verdad.

Cierto que éste no es del todo el Holmes que creó Conan Doyle. Sin embargo, mantiene algunas de sus característica fundamentales, como su capacidad de observación y deducción, su humor socarrón o su altivez y altanería. También potencia otras que Conan Doyle mencionó pero nunca se molestó en desarrollar, como puede ser su fisicidad o su lado más bohemio y desaliñado. Y, sin duda, explora aspectos que pueden ser considerados novedosos o ajenos al personaje original. Es éste un Holmes demasiado emocional, es cierto. Y su ego es de una fragilidad un tanto asombrosa... o quizá no. Al fin y al cabo, el Holmes original no era ajeno a ciertas reacciones infantiles.

En resumen, me parece un personaje que conserva los suficientes elementos del original para ser llamado, sin problemas, Sherlock Holmes. Y, al mismo tiempo, aporta sobre su personalidad una mirada un tanto iconoclasta que no le viene mal.

¿Cuál es el problema entonces, por qué alguna gente es reacia a aceptar que éste puede ser un Sherlock Holmes válido? Bueno, no tanto porque la visión que la película da de él choque contra el personaje creado por Conan Doyle como que lo haga con el icono que lleva viviendo en el imaginario popular unos cuantos años.

Y ése es, tal vez, el quid de la cuestión. Visualmente tendemos a asociar ciertos elementos con Holmes (la gorra de cazador y la pipa serían los más obvios) que aquí están ausentes. Elementos que, sin embargo, no son atribuibles a su creador sino por un lado a Sidney Paget, que ilustró muchos de los relatos de Conan Doyle, y por el otro a William Gillette, que interpretó al detective en el teatro y marcó de un modo prácticamente indeleble cualquier aproximación posterior al personaje. De hecho, las malas lenguas afirman que lo de presentar a Holmes siempre con la pipa en la boca fue un truco del actor para ocultar en lo posible su acento americano.

Por otro lado, las distintas adaptaciones del personaje a los medios audiovisuales se han centrado en unas pocas características de Holmes (su intelecto brillante, su frialdad y altanería) y han obviado otras que estaban presentes en el material original.

De este modo, el icono popular que es ahora mismo Sherlock Holmes no es exactamente el Sherlock Holmes que creó Arthur Conan Doyle (igual que el James Bond que todos conocemos tiene poco que ver con el creado por Ian Fleming). Pero, como sea, es el icono. Es la imagen del personaje (tanto en la apariencia como en las actitudes) que ha pasado al imaginario popular.

La película de Ritchie intenta reinventar ese icono, prescindiendo de algunos elementos de él, potenciando otros que estaban en el personaje original y, en general, reinventándolo para un gusto concreto y una época determinada. Y, por el camino, como ya se ha comentado en otro lugar, no puede evitar la influencia de uno de los "hijos" de Holmes más populares, ese doctor Gregory House que con tanto acierto interpreta Hugh Laurie para la pequeña pantalla. Porque la relación entre Holmes y Watson, y la química entre los actores que los interpretan, debe (y bebe) mucho a la relación entre House y Wilson. Y dado que ésta, en origen, era un homenaje evidente a la relación entre el detective victoriano y su fiel cronista, nos encontramos con una pirueta a priori chocante pero en realidad habitual.

Y es que los iconos no se mantienen inalterables a lo largo del tiempo. No si quieren seguir siendo iconos y, por tanto, funcionando para el espectador. Cambian, se adaptan, dejan hijos, derivaciones y homenajes por el camino y, a menudo, cuando se los reinterpreta, son influidos por ellos. Tal es el caso de este nuevo Sherlock Holmes, al menos tal como yo lo veo.

¿Tendrá éxito este intento de redefinir el icono? No lo sé. A mí me ha convencido. La película es enormemente disfrutable, tanto Robert Downey Jr. como Jude Law (para mí, especialmente este último) están muy bien en la piel de los personajes que interpretan y, en general, me creo la película y me creo sin problemas que esos son Holmes y Watson. Pero, ¿le funcionará esa redefinición a los suficientes espectadores para marcar una nueva imagen de Holmes y volverla dominante? Difícil pregunta. El tiempo lo dirá.

Entretante, he disfrutado de una entretenida historia de mi detective favorito y, sobre todo, de su relación con ese Watson que, a menudo a su pesar, no puede evitar serle fiel contra viento y marea. Y confieso que espero con ganas la continuación donde, parece evidente, el temible profesor Moriarty se convertirá en el villano a enfrentar.

Ya veremos.

© 2010, Rodolfo Martínez
Ambos somos ateos. Yo sólo creo en un dios menos que tu. Cuando entiendas porqué tu descartas todos los otros posibles dioses, entonces entenderás porqué yo descarto el tuyo.
Stephen F. Roberts

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