Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Iron Man

Mayo 12th, 2008 Pertenece a Dentro de la viñeta, Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

Mi primera reacción cuando se informó de que Marvel, en lugar de franquiciar sus personajes para la gran pantalla, iba a mantener el control creativo de los mismos, fue pensar algo así como “se masca la tragedia”. Si a eso unimos que Iron Man nunca ha sido uno de mis personajes de cómic favoritos (me gustaba como miembro de Los Vengadores, pero sus aventuras en solitario no me decían gran cosa), digamos que iba a ver esta película con bastante desconfianza y esperando tragarme un truño más de tantos, pese al entusiasmo y expectación de algunos amigos, sobre todo Sergio Iglesias.

Así que he salido del cine gratamente sorprendido. Muy gratamente, de hecho. La película me funciona y, lo más importante, me funciona durante todo su metraje: no se viene estrepitosamente abajo en el momento en que Tony Stark se mete en la armadura y los CGIs empiezan a adueñarse de la pantalla, sino que mantiene sin problemas el nivel que iba teniendo hasta entonces.

Ciertamente, buena parte del mérito es de Robert Downey Jr., uno de los mayores aciertos de casting que he visto últimamente en las adaptaciones de cómic de superhéroes a la pantalla. Hay momentos en que la película funciona exclusivamente gracias a él y al aire de “voy de requetesobrao” con el que ha encarado la interpretación de Tony Stark.

En general, la película me ha parecido bastante digna y bien llevada y no me han dolido los seis euros y pico que he tenido que pagar. El intento, por otro lado, de hacer una especie de trasvase de todo el universo Marvel a la gran pantalla, no pasa, de momento, de ser una curiosidad que hará sonreír al fan de los comics pero que, si se mantiene y se agranda de la forma correcta (hasta desembocar, suponemos, en esa adaptación de Los Vengadores de la que se habla últimamente), puede ser un atractivo más de esta nueva tanda de adaptaciones marvelitas.

El personaje está bien actualizado y sus características básicas se han respetado en la adaptación. En lo visual, la armadura funciona sorprendentemente bien (confieso que la idea de ver en pantalla a un tío con una armadura roja y amarilla me ponía los pelos como escarpias) y la historia, pese a su sencillez, o quizá precisamente por eso, fluye de un modo adecuado y desemboca en un final correcto. Tiene un cierto aire de “episodio piloto” que mantienen a menudo las primeras adaptaciones de un superhéroe a la pantalla, pero parece que los responsables de este Iron Man han aprendido la lección de Batman Begins y han sabido convertir el origen del héroe, en lugar de una molesta excrecencia que hay que narrar para que nos enteremos de qué pasa, en algo interesante de por sí.

Vamos, que sí, que me ha gustado. Y, de hecho, me ha pasado algo que no me pasaba últimamente en el cine: salí de la película con ganas de volver a verla.

PSTADATA 1: Sí, el trailer de la nueva de Indy -emitido antes de Iron Man- mola que te cagas y me tuvo babeando de emoción como un crío durante toda su proyección.

POSTADA 2: Me temo, hablando de trailers, que Speed Racer va a ir a verla su padre. Yo no, en todo caso.

© 2008, Rodolfo Martínez

Churres con merines

Mayo 9th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 38 comentarios »

¿Es el asturiano una lengua o un dialecto?

Creo que es una lengua… o para ser más exactos, lo fue. Hoy en día, tras siglos de contaminación lingüística (principalmente del castellano, pero sospecho que también del gallego) lo que queda son unos cuantos términos autóctonos (dominantes en la toponimia, que es donde más tiempo aguantan estas cosas, y con una representación respetable en otros ámbitos) y restos de una gramática propia.

Es decir, un vestigio.

Lo que los asturianistas han intentado es tomar ese vestigio y reconstruir a partir de ahí una lengua funcional y viva con personalidad propia.

Nada que objetar a ello.

El problema viene, sin embargo, cuando los criterios para hacer eso dejan de ser estrictamente filológicos y empiezan a ser políticos. Cuando el propósito ya no es tanto hacer las cosas de la forma correcta, sino hacerlas de forma que el resultado pueda ser vendido como un “hecho diferencial indiscutible”.

Empezamos entonces a mezclar churras con merinas y acaba pasando lo que acaba pasando.

Cuando una lengua está tan deteriorada como el asturiano, no se tienen muchas opciones a la hora de “reconstruirla”. Lo más evidente es acudir a préstamos de otras lenguas, en este caso el castellano (algo que han hecho, en mayor o menor grado, el gallego, el vasco y el catalán cuando iniciaron su proceso de normalización lingüística, por otro lado), e intentar “asturianizarlos” en la medida de lo posible. No es la única forma, pero la otra sería reinventarla totalmente partiendo casi de cero y como que no resulta muy viable.

Por ejemplo, en asturiano la terminación para el masculino suele ser en “u” en lugar de “o” (el “o” se reserva para el neutro, si no recuerdo mal). Así, cuando es necesario, se toma la palabra castellana y se la asturianiza aplicándole esa regla.

Pero a veces eso no es suficiente. Porque el resultado no parece lo bastante alejado del castellano. Cambiar pedido por pedidu no suena lo bastante “diferenciador”. Y es entonces cuando la filología deja paso a la voluntad política y se empiezan a hacer las cosas que se hacen. En lugar de acudir a la forma estándar del participio en castellano y asturianizarla, se toma su forma vulgar y se asturianiza. Así, ya no tenemos el incómodo pedidu, que resulta demasiado parecido al castellano, sino el más diferenciador pedíu, que queda como más autóctono y vernáculo.

Buscando (casi diría que desesperadamente) diferenciarse de la lengua dominante que ha contaminado el asturiano todos estos siglos se empiezan a hacer ese tipo de barbaridades: en lugar de acudir a la forma estándar castellana y asturianizarla, se acude a la forma vulgar y se asturianiza. O, directamente, y ya es el colmo, se toma la forma castellana vulgar tal cual y se nos pretende venderla como algo autóctono y diferenciador, propio del asturiano.

Pues va a ser que no, neños.

Decir voy p’allá en lugar de voy para allá o ‘toy en lugar de estoy (en realidad, voi y toi, que lo de usar la grafía para aumentar los “hechos diferenciadores” es algo que no sólo los vascos -perdón, los baskos- saben hacer), no es asturiano. No tiene nada de diferenciador ni de autóctono. Es, simplemente, una forma vulgar de castellano que se usa de aquí a Cádiz por toda España. Pretender vendernos elementos característicos del habla coloquial (la aféresis y el apócope en estos casos) como parte del “hecho diferencial asturianista” es una tomadura de pelo. Y es, también, el motivo por el que a muchos españoles el asturiano les suena, básicamente, como un castellano mal hablado. Porque, en muchos aspectos, lo es.

El problema, como digo, es político y, en buena medida, está motivado por la inseguridad. Por no sentirse seguro de que los rasgos propios del asturiano que han pervivido (la existencia de un género neutro que ya he comentado, el vocabulario que ha sobrevivido, unas cuantas diferencias en la gramática) sean suficientes para que los demás acepten al asturiano como una lengua de “primera división”.

Así nace la voluntad de intentar hacer el asturiano estándar lo más distinto posible del castellano estándar. Y dado que los restos de asturiano que han pervivido no son suficientes para garantizar eso (o para que los demás lo vean como suficientemente distinto) se acude a una solución tan ridícula como utilizar el castellano vulgar en lugar del estándar y usarlo como estándar sobre el que asturianizar.

Una auténtica babayá, vamos.

Pero, claro, ye lo que pasa cuando xuntes churres con merines.

POSTDATA 1: No he usado el término “bable” en esta entrada, como habréis podido ver. Y no es casual. Su origen fue claramente peyorativo y la palabra fue acuñada por una persona que (por mucho que ahora intenten reivindicarla desde ciertos lugares) sentía bastante desprecio por el habla autóctona asturiana.

POSTDATA 2: El verdadero problema de muchos de los asturianistas militantes es, como de costumbre, su escandalosa falta de sentido del humor. Es un problema habitual cuando conviertes esas cosas en una religión y no aceptas el menor asomo de crítica (y no digamos ya algún chascarrillo que otro) hacia tus dogmas fundacionales.

POSTDATA 3: La política lingüística del gobierno autonómico asturiano es, literalmente, demencial y absurda. Una especie de “sí, pero no” o “no, pero sí” que no contenta a nadie y deja las cosas en un terreno indefinido. Mientras, una y otra vez, sigue negándose a incluir la co-oficialidad del asturiano en el estatuto de autonomía, al mismo tiempo emprende una activa campaña para que nombres de calles y topónimos estén en bilingüe o reconoce los derechos de los asturianos a dirigirse a la administración pública en asturiano. La oposición del PP no es que lo haga mucho mejor, convirtiéndose en defensora o detractora del asturiano según parezca putear más o menos al gobierno.

Estaría bien, algún día, tener una política coherente al respecto. La que fuera. Si el asturiano no es oficial, no lo es, con todas sus consecuencias. Y si es oficial, que también lo sea con todas sus consecuencias. O una cosa o la otra, pero ese jugar a nadar y guardar la ropa, la verdad, me infla bastante los adminículos reproductores.

POSTDATA 4: Una cosa de la que algunos de los asturianistas más militantes no son conscientes es de su condición de minoría. Minoría con unos derechos evidentes, claro es. El asturiano (o lo que queda de él) debería ser preservado por la administración pública y protegido en la medida en que eso se pueda hacer. Pero pretender imponerlo a golpe de decreto a una sociedad que, en general, pasa del tema, es absurdo. Porque si mañana se hiciera un referendum sobre la co-oficialidad del asturiano, el resultado mayoritario no sería ni el sí ni el no, sino una abstención aplastante y un desinterés por la cuestión apabullante. Le pese a quien le pese, la realidad es ésa.

POSTDATA 5: Los asturianos que nos consideramos castellanoparlantes no somos menos asturianos que los otros, por cierto. Y ya que estamos, los escritores asturianos que escribimos en castellano somos tan “escritores asturianos” como los que lo hacen en asturiano, le joda a quien le joda.

POSTADATA 6: Y mejor termino.

© 2008, Rodolfo Martínez

Relativismo y democracia

Mayo 7th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | 12 comentarios »

Me pregunto qué pensaría Einstein del uso que se ha hecho del nombre de su teoría.

Porque, en realidad, la Teoría de la Relatividad no nos dice que todo es relativo (como suele pensar la vox populi, por no mencionar a unos cuantos periodistas y políticos) sino todo lo contrario: que el Universo es igual independientemente del lugar desde el que lo mires.

Pero ese “todo es relativo” (o ya con el doloroso añadido de “como decía Einstein, todo es relativo”) se ha convertido en un mantra que recitamos sin parar, a la mínima de cambio. De hecho, casi podríamos elevarlo a la categoría de meme exitoso.

Y, como todo es relativo, los hechos también pueden serlo.

Pi puede convertirse por decreto en exactamente 3. O la torre de las afueras del pueblo puede ser declarada “auténticamente vikinga” por votación. O doce miembros de un jurado pueden declarar culpable a alguien, pasando como de la mierda de las pruebas, simplemente porque sea antipática (y encima lesbiana, no lo olvidemos). O podemos afirmar que el mundo no tiene más de seis mil años (no olvidemos que fue creado el 26 de octubre del año 4004 a.C. a las 9:00 a.m) y que todas las pruebas que señalan lo contrario han sido puestas allí para despistarnos. O que no hay el menor indicio del cambio climático porque nuestros sicarios pagados disfrazados de científicos han estado los últimos veinte años desviando la vista hacia otro lado cada vez que una prueba salía al paso. O inventar un pasado mejor que el real para que se ajuste a nuestro ideario político y nuestro concepto de nación, raza y pueblo (indómito, por supuesto).

Todo es relativo. Ya lo decía Campoamor: depende del color del cristal con que se mira.

Y, si todo es relativo y la democracia es el bien supremo, decidamos la realidad también por sufragio universal. Democraticemos el cosmos y no dejemos que los hechos nos detengan. Los hechos no son democráticos. Al cuerno con los hechos.

¿Las pruebas? ¿Las evidencias? Zarandajas.

Todo es interpretable. Todo se puede mirar desde el ángulo adecuado para verlo como uno desea. Todo es relativo. Y, como todo es relativo, la única manera de dar con absolutos es decidirlos por votación, por mayoría, por consenso. Democráticamente, que es como debe funcionar el universo, tanto si le gusta como si no.

© 2008, Rodolfo Martínez

Grial

Mayo 5th, 2008 Pertenece a En carne y hueso, Para leer | Sin comentar »
Allá por 1997 escribí un relato titulado “En territorio ajeno”, con destino a una antología de relatos que iba a publicar la Semana Negra de Gijón. Por circunstancias que ahora no vienen al caso, finalmente no fue publicado allí sino, algunos años después, en el número 1 de Artifex Segunda Época. Sin embargo, “En territorio ajeno” no fue el primer relato que escribí con destino a aquella antología gijonesa, sino el segundo. El primer intento fue “Grial”, la historia de un asesino en serie que aprovecha el entorno de la Semana Negra para encontrar a sus víctimas. Aquella primera versión no me convenció del todo en su momento (quizá porque carecía de elementos fantásticos), pero al releerla ahora, veo que tiene su “aquel” y no está tan mal como recordaba. Los que conozcan “En territorio ajeno” encontrarán sin duda elementos comunes en ambos relatos (y algún que otro párrafo que pasó de un cuento a otro), pero creo que este “Grial” tiene entidad propia. Juzgadlo vosotros mismos: 

Desde su primera noche de caza, hace más de diez años, siempre ha experimentado la misma sensación al detenerse en mitad de esa inverosímil estructura de hormigón que prefigura el horizonte y parece un mágico círculo de piedras erigido por algún pueblo prehistórico. Desde entonces viene aquí cada anochecer, con el estilete afilado y oculto en su pierna izquierda, viene y se detiene en el centro mismo de la estructura, rodeado por ella, invadido por su misma esencia fría y tranquila, y permanece en silencio hasta que cae la noche y el horizonte se funde a lo lejos en una mancha oscura y sólo están él y el murmullo de fondo de ese animal gigantesco e inquieto que es el mar. Viene todas las tardes y se detiene dentro de esa estructura que unas veces parece erigida para invocar a un dios y otras para que algún monstruo gigantesco haga allí sus necesidades.

Casi siempre regresa a casa, solo y en silencio, deambulando por una ciudad que para él está vacía, en la que no hay más que luces distantes, máscaras engañosas y autómatas ocupados. Casi siempre regresa a casa, devuelve el estilete a su cajón y duerme inquieto hasta que el despertador interrumpe su sueño y lo obliga a reptar hacia la ducha en busca de un nuevo día.

Pero a veces no. A veces el momento está maduro (y él lo sabe,  siente de nuevo ese familiar cosquilleo en la nuca que le dice que esa noche será la noche) y en lugar de volver al espartano apartamento en el que se entrega a sus fantasías, recorre la ciudad con un destino determinado. Busca la presa que ha estado preparando todo ese tiempo, se acerca a ella y la toma en algún callejón silencioso, tal vez en la habitación en penumbra de alguna sórdida pensión. El lugar no importa, sólo importan el instante y la misión que se encomendó a sí mismo hace diez años.

Sí, hay momentos en que lo siente tan nítidamente. Su Grial está allí, esperándolo y él sólo tiene que sajar, apartar capas de tejido, ignorar los borbotones de sangre que manchan la reluciente superficie de su estilete, hacer a un lado las incómodas vísceras y el Grial aparecerá sólo para él, allí donde ha estado todos estos años.

(Ella gritó pero nadie oyó su grito, ni siquiera él, ocupado en abrir una puerta secreta en aquella piel deliciosa que temblaba en busca de la muerte. Recuerda sus ojos. Sobre todo recuerda aquellos ojos insoportablemente azules que suplicaban, no sabía muy bien si el perdón o un final rápido para su sufrimiento, o tal vez le suplicaban que siguiera, que continuara abriéndose paso a través de ella para siempre. No lo sabe, pero a veces esa mirada puebla los sueños que no recuerda al despertar. Y esas mañanas, cuando se arrastra hacia la ducha, nota que el olor que emana de su entrepierna es más denso de lo habitual.)

Hasta ahora no lo ha encontrado. Hasta ahora ha ido deambulando de fracaso en fracaso, sin más recompensa que el cadáver de una mujer junto a él y la helada y lejana risa de la luna.

Ahora, detenido en mitad del círculo mágico de hormigón, presiente que va a ser distinto. Da media vuelta, sin hacer caso del murmullo poderoso del marm y se encara con la ciudad que se desparrama bajo el cerro, indiferente a su presencia. Ya ha anochecido y la línea de la playa es como un enorme árbol de Navidad: las luces se encienden y se apagan en los altos edificios frente al paseo marítimo, en un guiño que él siempre ha encontrado obsceno. Las calles están repletas de gente, llenas de máscaras, henchidas de autómatas.

Y a lo lejos… sí, allí está, esa rueda imposible que parece una gigantesca nave espacial de alguna película americana y no es más que la realidad prosaica de una enorme noria. Allí está. Una vez más, como cada verano, hombres que dedican su tiempo a fabular lo que no han vivido deambulan como sonámbulos perplejos en mitad de una feria que parece no verlos y que sin embargo ha sido concebida para ellos. Bajo las carpas, alguien afirma haber encontrado por fin la hermenéutica definitiva del relato de misterio y él se pregunta si los que lo rodean tienen la menor idea de lo que está diciendo o son tan siquiera conscientes de su presencia mientras apuran el último trago de sus copas y echan a andar hacia las máquinas multicolores que les prometen el miedo, el vértigo o simplemente el azar al que sus vidas parecen impermeables. Sí, como cada año ha llegado el momento y él subirá una vez más en la noria y contemplará la ciudad como si le perteneciera. Luego emprenderá la búsqueda de su Grial.

(Las manos… sí, las manos de ella habían buscado las suyas, las habían encontrado y de una manera extraña las habían guiado en busca del más secreto de los lugares, señalándole con precisión dónde y de qué modo debía sajar, en qué lugar preciso tenía que abrirse paso con el frío estilete. Sí, aquellas manos de dedos largos, aquella caricia que parecía buscar la muerte para siempre, la suavidad del contacto de las yemas de sus dedos en el dorso de sus propias manos. ¿Qué le habían pedido? ¿Qué le habían implorado con una fuerza desconocida?)

Lleva toda la semana acechando a su presa. Como siempre, la ha encontrado con ese infalible instinto del predador que reconoce qué gacela desea, en el fondo, ser cazada. Con los años ha ido refinando su técnica y es muy difícil que se le escape, que pueda escurrírsele de entre los dedos en el último momento. Ha ocurrido a veces y la frustración fue al principio una emoción tan nueva que no pudo evitar detenerse a saborearla. Pero hace tiempo que no sucede y en el fondo lo prefiere de ese modo: su búsqueda, su empresa ya es demasiado complicada de por sí para encima enredarse en incertidumbres. Así que lo tiene todo planeado, hasta el último detalle, ha anticipado todas y cada una de las posibles reacciones de su presa y sólo hay una cosa que ignora: si esta vez tendrá éxito en su búsqueda o si, como siempre, al final de ese pozo que abrirá en la carne de ella sólo encontrará el vacío.

Así que recorre la ciudad, transita por el paseo marítimo indiferente a la marea que ahora empieza a bajar, alza de vez en cuando la vista al cielo y se encuentrar con la mirada fría y distante de la luna, a la que él ha aprendido a identificar como al enemigo, como al obstáculo, como a la deidad que se complace, a su modo lejano y sin emociones, en poner trabas a su tarea. No importa. Si no esta noche, tendrá éxito tarde o temprano. Encontrará su Grial.

Recuerda a su primera víctima y sonríe ante su ingenuidad de entonces. La vorágine de emociones que lo asaltó fue demasiado intensa, tanto que estuvo a punto de dejarla escapar. La nueva playa de poniente aún no había sido construida y ambos estaban en los antiguos astilleros, convertidos después de su abandono en un paisaje espectral en el que las grúas parecían robots malévolos que descansaban en un sueño imprevisible. Ella… ¿Ella le dijo que lo amaba? Sí, cree recordar que así fue, y que en ese mismo instante su puñal se hundió en carne de ella, penetrándola como ningún otro hombre lo había hecho antes. El chorro de sangre que saltó a su rostro, el gorgoteo agónico en su garganta cortada… Y luego el trabajo, explorando las intimidades de su vientre en busca de algo que no estaba allí. La decepción y con ella el convencimiento de que la búsqueda no había hecho más que empezar. Habría otras noches, y otras presas.

(Recuerda una gota, una única y preciosa gota de sangre que se derramó en la comisura izquierda de sus labios. Recuerda que sólo podía mirar aquel minúsculo borbotón púrpura mientras proseguía su búsqueda. Recuerda que una vez terminada su tarea, sin haber encontrado otra cosa que los lugares más lejanos de su cuerpo, inclinó la cabeza hacia el rostro muerto y lamió con su lengua aquella gota de sangre, la paladeó como si estuviera bebiendo su alma y aquel día no le importó haber fracasado en su búsqueda. Volvió a casa sintiéndose henchido, completo, y nada más le importó durante mucho tiempo.)

Es curioso, piensa mientras sigue hacia la feria, casi ninguna se ha defendido. Y muchas pudieron haberlo hecho. Al principio él era tan torpe… Sin embargo, muy pocas intentaron escapar a su suerte, como si hubieran visto algo en sus ojos que hiciera inevitable su destino de presa. Sí, piensa, hay gacelas demasiado débiles o enfermas para huir del león, pero también hay algunas, muy pocas, que desean ser atrapadas por él, que desean morir en sus fauces, sentir que la vida huye mientras las poderosas mandíbulas se clavan en su cuello y sus huesos se quiebran como una rama sema. Sí, hay gacelas que desean ser cazadas y él ha tenido la suerte (o el instinto) de encontrarlas.

No siempre. Lo recuerda bien, Ha experimentado asombro tan pocas veces que le resulta difícil olvidarlo. Cómo pudo equivocarse tanto, como pudo pensar que estaba ante una presa, cómo pudo no darse cuenta… Ah, aquel súbito reconocimiento en los ojos de ella, la misma mirada, el mismo brillo. El león había encontrado una leona disfrazada de gacela y ahora ella abandonaba la impostura y se le mostraba tal y como era. Al principio pareció que nada ocurriría, como si con el reconocimiento hubiera llegado un acuerdo: yo respeto tu territorio y tú el mío. Luego, él había comprendido que eso era imposible: gacela o leona, ella podía llevar el Grial dentro de su cuerpo y esa sola posibilidad le impedía dejarla con vida. Fue difícil. Ella luchaba bien y él era aún muy inexperto, pero al final se había impuesto. Luego, de nuevo la decepción y por un instante (tan breve que apenas recuerda lo que experimentó) el arrepentimiento. Si la hubiera dejado vivir, sin inmiscuirse ninguno en el territorio del otro, salvo quizá algunas veces para encontrarse en terreno neutral e intercambiar experiencias… Algunas noches, cuando la soledad que se dibuja en el helado y lejano rostro de la luna es demasiado insoportable se pregunta cómo habría sido su vida entonces.

Pero normalmente no tiene tiempo para eso. Cuando no está inmerso en su caza, en su búsqueda, la vida no es más que una fugaz sucesión de días desvaídos poblados de colores apenas perceptibles y sonidos torpes, salvo ese momento único al atardecer en que se interna en el extraño cilindro hueco de hormigón y contempla el mar inacabable mientras anochece. Y cuando caza, la misma naturaleza de su búsqueda hace que le resulte imposible pensar en nada más.

Llega al fin a la feria, cruza el río que desemboca en la playa y deambula indiferente entre la masa sudorosa y vociferante que llena el parque. Sabe hacia dónde debe ir y se encamina hacia allí con precisión. Ella lo espera, por supuesto, cómo podría ser de otra manera. Y la máscara que es su rostro ensaya una sonrisa al verlo.

Él no se deja engañar por la alegría, no se deja engañar por el súbito palpitar de su propio pulso en las venas. Las emociones, lo sabe muy bien, traicionan y lo único importante es su Grial, encerrado tal vez dentro del cuerpo de la mujer que ahora se le acerca y lo besa.

Él devuelve el beso y comenta algo sobre su aspecto, cualquier trivialidad que hace que su sonrisa cobre una nitidez repentina. El resto de la noche lo pasan recorriendo la feria, deteniéndose ante los puestos de libros (y sonríe al ver esas portadas tétricas en las que asesinos en colores primarios acechan a sus víctimas), comiendo algo en alguna de las carpas, asistiendo quizá a un concierto o una mesa redonda, probando suerte en la tómbola o el tiro al blanco. Él hace todas esas cosas de forma automática, sin preocuparse mucho: lo ha ensayado tanto que hasta el último de sus gestos es natural, fluido, y ella no nota nada, salvo a veces una súbita alteración en los ademanes tranquilos de ese hombre impertérrito que puebla sus sueños y sus días desde hace casi una semana. Pero cree que no es más que la excitación por estar a su lado, por tener sus labios en su boca o su mano apretando esa cintura trémula. Y en cierto modo tiene razón, porque a veces él no puede evitar la emoción, pero no ante esa máscara de carne, ante ese autómata biológico (y, sí, deseable) que camina a su lado, sino por el tesoro oculto que quizá guarde en su interior.

(Y recuerda el momento más precioso de todos, cuando la muerte y el sexo se fundieron en un abrazo que pareció durar para siempre. No necesita esforzarse para sentirse de nuevo rodeado por sus piernas, navegando entre sus muslos, buscando con manos y lengua aquellos pezones pequeños y densos, saboreando los huecos más recónditos de su cuello, hurgando con ternura en su vientre. Y en el mismo instante, con una sincronicidad que no hubiera encontrado de haberla buscado premeditadamente, se derramó dentro de ella mientras su estilete abría un surco en su piel y era ella la que derramaba su sangre y su vida sobre él. Y durante un tiempo interminable sintió el más dulce de los drenajes y se revolcó como un animal en celo entre la sangre que ella le ofrecía. Pasó mucho rato antes de que logrará tranquilizarse y encontrara su centro en mitad de aquella orgía de amor -¿hacia quién? no lo sabía y no importaba- y muerte y pudiera proseguir su búsqueda.)

Y por fin suben a la noria y ella se acurruca junto a él, buscando un refugio que encontrará para siempre en la muerte, unos minutos después. La noria da una, dos vueltas, y luego se detiene y él contempla maravillado la ciudad que se extiende a sus pies. Desde allí, ajeno al ruido y las luces chillonas que pueblan la feria, casi puede sentir que la ciudad es suya, que en cierto modo ella es su Grial y no lo que ha estado buscando todos estos años en el cuerpo de las mujeres.

Luego, el momento pasa, la noria sigue su camino y ambos descienden de la barquilla. Ella está excitada y se le acerca más a cada momento y él (que encuentra ese contacto agradable, pero de una forma distante) permite que lo haga e incluso la anima. Deja que una sonrisa asome a su rostro y señala casi como sin querer un lugar vacío entre dos casetas, al fondo del recinto, donde el parque termina y comienza el oscuro descampado que sube hacia el monte. Ella, creyendo interpretar correctamente sus intenciones, asiente y ambos se encaminan hacia allí.

Pronto están solos, rodeados por el silencio y una oscuridad tan sólo interrumpida por las lejanas luces de la feria y la sonrisa distante y socarrona de la luna. Se tienden en la yerba y él permite, por primera vez en toda la noche, que su cuerpo tome las riendas, que sus manos hagan lo que sus hormonas desean y acaricien el cuerpo de la mujer, que su pene se convierta en algo duro y cálido bajo sus pantalones, que su lengua sea un dardo suave sobre los pezones de la mujer. Pero ni siquiera en ese momento pierde el control, incluso cuando permite que sus gónadas piensen por él, un retazo distante de consciencia lo contempla todo con frialdad y espera a que llegue el momento para volver a tomar las riendas.

Y el momento llega. Ella está tan excitada que apenas percibe nada que no sea él, el cuerpo de él, el olor de él que de pronto se ha vuelto insoportablemente intenso y delicioso. Así que su mano se desliza por su pierna, alza la pernera del pantalón y desenvaina el estilete que lanza un destello de plata a la luna distante justo antes de trazar un arco carmesí entre las dos orejas de la mujer.

Con el tiempo ha aprendido y se aparta antes de que el borbotón de sangre pueda alcanzarlo. Ve la sorpresa en los ojos de ella, la incomprensión que la asalta mientras muere y luego ya no tiene tiempo para ver nada más, porque sólo está su tarea, su búsqueda cuyo final presiente tan cercano.

Concentrado en apartar la piel, en diseccionar las vísceras, en cavar un cálido pozo de muerte en el vientre de la mujer no es consciente de nada que no sea su trabajo, ni siquiera de su propia erección, de su orgasmo, del flujo repentino del semen que convierte en una sopa espesa sus calzoncillos. Sólo puede pensar en su búsqueda a medida que aparta capa tras capa de tejido, hace a un lado las tripas, abre por fin su estómago.

Y lo ve, allí, al fondo, oscuro y erizado de pinchos, no mayor que una pelota de tenis de mesa. Apenas se atreve a pensar, a desear, a imaginar tan siquiera que pueda ser su Grial. Sólo puede seguir sajando, agrandando la entrada y al fin coger aquello con manos temblorosas y alzarlo a la luz de la luna, hacerlo girar entre sus dedos y contemplar aquella estructura inverosímil que había dentro del cuerpo de la mujer.

Pero enseguida comprende que no, que no es su Grial. Nunca ha visto nada como eso, pero ha leído sobre ello, sabe lo que es: un bezoar, en realidad una masa apelmazada de pelos y comida a medio digerir a la que los jugos digestivos han ido dando esa forma delicada e incomprensible. Experimenta de nuevo la decepción y alza el rostro crispado de rabia hacia una luna que parece reírse de él más que nunca.

Luego, lo comprende. No, no ha encontrado su Grial. Es posible que no lo encuentre jamás. Pero ha dado con un símbolo, con una promesa. Al igual que la luna no es su enemigo, sino el avatar visible de él, el bezoar es un símbolo de su Grial, un signo de que está en el camino correcto, de que, aunque no lo encuentre jamás, su Grial existe.

Rebusca entre el bolso de su víctima hasta dar con un pañuelo con el que limpia el bezoar. Luego, envuelto en el mismo pañuelo, se lo guarda en el bolsillo y da media vuelta, regresando hacia la feria, indiferente al cadáver que deja a sus espaldas, a la luna que parece haber enmudecido de repente, a las luces cada vez más cercanas.

Se incorpora de nuevo a ese mundo de robots de carne y sangre, de marionetas felices y, mientras vuelve a casa, se pregunta cuál de ellas ocultará dentro de ella su Grial. Quizá esa pelirroja que se ha vuelto de un modo fugaz al pasar él, o tal vez la rubia bajita que le pidió perdón con una sonrisa después de haberlo pisado, o puede que la morena de ojos rasgados que parece presentir algo extraño en sus ademanes y aparta la vista con demasiada rapidez. Aunque es muy posible que no sea en ninguna de ellas, que sea alguien que está todavía por llegar, que a lo mejor no llega nunca.

No importa. Su Grial existe. Tiene la prueba en el bolsillo de su pantalón. Aunque nunca lo encuentre sabe que existe y ahora tiene un nuevo motivo para seguir buscando. A sus espaldas, las luces de la feria se van convirtiendo en una tentación distante y otra vez el mundo es un lugar apenas perceptible poblado de sonidos tenues y colores sin fuerza. Las emociones de la caza, de la búsqueda, se diluyen en un sopor lánguido mientras llega a su casa, se detiene en el portal y echa una última mirada a la lejana luna en el cielo. Y por primera vez cree percibir en ese rostro indiferente un atisbo de preocupación. Así que sonríe y entra en su casa.

© 2008, Rodolfo Martínez

Cerrado por fin de semana largo

Mayo 2nd, 2008 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | 4 comentarios »

Seguramente tendría que estar en Madrid celebrando la revuelta contra el invasor gabacho (que quizá nos hubiera ido mejor si nos hubiésemos dejado invadir, vale, pero es que hasta lo bueno cuando pretenden metértelo garganta abajo por la fuerza acaba sabiendo fatal), pero me temo que en lugar de eso estaré estos días perdido (bueno, no tanto) por las montañas asturianas.

Y, de paso, a ver si me acerco a Covadonga, que ya ha pasado demasiado desde la última vez. Por no mencionar que Felicidad lleva aquí más de un año y todavía no lo conoce.

El lunes más. Como de costumbre.

© 2008, Rodolfo Martínez

El otro Sgt. Pepper’s

Abril 30th, 2008 Pertenece a Marcando el compás, Visto y oído | 6 comentarios »

La música de los Beatles ha sido pasto de versiones hasta la nausea. De hecho, su influencia ha llegado al extremo de que lo que en ocasiones se versiona es la versión de los Beatles de otra canción. Caso emblemático de esto puede ser Twist & Shout, por ejemplo, donde los Beatles tomaron la melodía de Twist & Shout y lo que hicieron fue aplicarle el ritmo de la versión de La Bamba que había hecho Ritchie Valens; hoy, más de cuarenta años después, es el resultado de esa especie de re-versión pervertida de la canción original lo que conoce todo el mundo.

Lo más tópico a lo largo de estos años ha sido ver a orquestas sinfónicas tocando temas de los de Liverpool (aunque el Beatles go baroque es una pequeña joyita entre tanta adaptación facilona y mediocre), pero también a grupos pop ofreciendo su propia visión de melodías bien asentadas en el inconsciente colectivo y consiguiendo en ocasiones hacernos olvidar la original, como podría ser el caso del Helter Skelter de U2, por poner solo un ejemplo. (U2 también han hecho una versión del All along the Watchtower de Dylan bastante superior a la original. Claro que eso no tiene ningún mérito: todo el mundo hace versiones superiores a las originales con las canciones de Dylan, y si no que se lo pregunten a Guns & Roses y su Knockin’ on Heaven’s Door.)

Recuerdo también una versión reggae de Eleanor Rigby, o aquel Amarillo el submarino es que cantaban Los Mustang, hace unos cuantos años (y no olvidemos su “gloriosa” versión española de Ob-la-di Ob-la-da, con aquello de “Pepe en el mercado tiene un carretón / Pepa en una orquesta va a tocar”; aunque hay que reconocer que la versión original no era muy superior, que digamos).

Y, ya puestos, recordemos a Sinatra, quien por otro lado hizo versiones de casi todo quisqui a lo largo de su dilatada carrera musical. No conforme con decir que uno de sus temas favoritos de los Beatles era Something y, de hecho, interpretarla a menudo, llegó a afirmar que era la mejor canción que habían compuesto Lennon & McCartney, cosa que tiene su gracia si tenemos en cuenta que es de Harrison.

Quizá una de las versiones más curiosas que existe es el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band que, a mediados de los ochenta, sirvió como banda sonora a la película del mismo nombre y que estaba interpretado por un conjunto bastante variopinto de músicos, con Peter Frampton y los Bee Gees a la cabeza. De hecho, la película fue un intento de llevar la carrera de estos últimos por nuevos derroteros.

Derroteros que, visto el resultado en pantalla, pasaban por lo más hortera de los ochenta mezclado con una cierta estética pre-drug queen y una reinterpretación de los sesenta que espantaba a la vista y hacía desear perder el sentido del color; una cosa disco-psicotrónica que uno no sabe si adscribir o no al cine fantástico o calificarla simplemente de disparate.

Una joyita, vamos.

Por suerte, la película pinchó en taquilla (aunque quizá en algunos círculos se la considere un film de culto, lo ignoro, pero todo es posible en esta vida), así que los Bee Gees siguieron dedicándose a hacer música e interpretarla, que era lo suyo, y abandonaron aquellas veleidades cinematográficas.

El disco que acompañaba a la película, sin embargo, era otra cosa. Se trataba, básicamente, de un montón de músicos, en general de calidad, haciendo sus propias versiones de temas de los Beatles más o menos conocidos, empezando por el álbum que daba título al asunto y del que se recogieron todas las canciones, excepto Lovely Rita y la cosa aquella hindú en plan “qué guay soy y cómo tengo superado todo este materialismo occidental” de Harrison titulada Within You, Without you. Que no era una mala canción, por otra parte.

También se recogían temas de otros discos de los Beatles: unos cuantos de Abbey Road, si no recuerdo mal. Alguno de Revolver y de Rubber Soul y quizá de algún otro. En resumen, una antología beatle interpretada por algunos de los músicos que pitaban en aquella época.

Lo curioso es que a la producción musical del asunto estaba George Martin (y cómo me ha costado no hacer ningún chiste sobre Canción de hielo y fuego, a Dios pongo por testigo), el productor original de los cuatro de Liverpool, que me pregunto cómo se tomaría el volver a trabajar sobre aquellos temas de sus chicos.

Cierto que algunas de las versiones no eran nada del otro mundo, y tiraban más bien a cosa rutinaria. Pero había unas cuantas cosas curiosas que hacen el disco digno de ser escuchado, como Aerosmith interpretando Come together, Earth, Wind & Fire marcándose Got to get you into my life, Billy Shears volviendo (y perdón por el chiste) a hacer el Get Back para el que unos cuantos años atrás había tocado el teclado con los Beatles en la grabación original, Alice Cooper cantando Because con los Bee Gees haciéndole los coros o Steve Martin haciendo algo incalificable con Maxwell’s Silver Hammer. En general, es un álbum que no está nada mal y que resulta una rara curiosidad para los aficionados a los Beatles.

Aunque ahora que lo pienso, no es lo más raro que alguien ha hecho con los cuatro de Liverpool. Recuerdo cierto LP titulado A Hard Day’s Night interpretado por un grupo alemán (¿o era austriaco?) que… pero mejor lo dejamos para otro día.

© 2008, Rodolfo Martínez

La muerte de Superman. El cómic

Abril 28th, 2008 Pertenece a Superman, Visto y oído | Sin comentar »

Decía, al hablar del DVD, que el cómic original de La muerte de Superman no era “una obra maestra ni de lejos”. Y ciertamente, no lo es. Sin embargo, en este caso la memoria me jugó una mala pasada. Y es curioso, porque lo normal es que las trampas de la nostalgia te hagan recordar las cosas como algo mucho mejor de lo que eran en realidad y lo que ha pasado aquí es justo lo contrario.

No sé si este puñado de números de las colecciones regulares del Hombre de Acero están destinadas a pasar a la Historia (así, con mayúsculas) del noveno arte. Seguramente no.

Tampoco es que me importe mucho.

Lo que recoge esta saga es, en pocas palabras, una de las mejores etapas de Superman. Seguramente el momento en que mejor ha estado definido el propio personaje y sus motivaciones, al igual que su entorno y todo cuanto lo rodeaba. Quizá porque quienes se encargaban de las cuatro colecciones que entonces había de Superman (Superman, Action Comics, Man of Steel y Man of Tomorrow) formaban un equipo creativo que estaba poniendo toda la carne en el asador -buena parte de ellos, sino todos, habían sido fans del Supes antes de meterse profesionalmente en el mundo del cómic-  y al frente de todos estaba un coordinador (editor, según la terminología americana) que sabía lo que estaba haciendo y sentía verdadero entusiamo por el personaje.

Evidentemente, todo eso no habría sido posible sin el trabajo previo de John Byrne, que siete años antes había renovado la mitología de Superman y, sobre todo, había introducido una serie de cambios en Clark Kent que lo habían convertido, de una especie de parodia torpe y ridícula, en un personaje creíble y con unas motivaciones asumibles. Byrne no estaba solo y, si bien la mayor parte del mérito es suyo, también estaban ahí Marv Wolfman -que siempre es el gran olvidado en estas cuestiones- y Jerry Ordway, que empezó como simple dibujante pero no tardó en aportar sus propias ideas y acabó convirtiéndose, con el tiempo, en uno de los mejores guionistas de Superman.

Tras la marcha de Byrne, Roger Stern y Ordway (junto a George Pérez que, aunque no permaneció demasiado tiempo en el universo de Superman, se las apañó para incorporar unas cuantas cosas interesantes sobre su herencia kryptoniana) siguieron refinando las ideas aportadas por Byrne y construyeron un entorno cada vez más complejo e interesante. Especialmente Ordway quien, centrándose sobre todo en los secundarios de la serie y reaprovechando conceptos creados en su día por Jack Kirby, fue definiendo una galería de secundarios de lujo que arropaban, y a veces eclipsaban, a Superman.

Tras unos inicios algo vacilantes, los guionistas post-Byrne usaron precisamente la última historia que éste escribió antes de dejar la serie (donde Superman, por primera vez, actuaba de juez, jurado y verdugo y mataba a tres supercriminales kryptonianos de un universo alternativo) para construir una serie de acontecimientos que desembocarian en la Saga del Exilio. Es allí donde empiezan a arrancar con seguridad tanto Stern como Ordway (acompañados durante un breve periodo, como ya he dicho, por George Pérez) y empiezan a demostrar lo mucho que son capaces de enriquecer el universo de Superman. Dan Jurgens se uniría por aquella época a la serie y, poco a poco, empezaría a desarrollas sus propios conceptos.

Algo más tarde llegaría Louise Simonson, y con ella se completaría el cuarteto de guionistas que, juntos, se convirtieron en el equipo que mejor ha sabido tratar al Último Hijo de Krypton en su larga historia. No creo que sea exagerado decir que, en el lapso que media entre la marcha de Byrne en 1988 y la boda de Lois y Clark en 1996, las colecciones de Superman fueron, de lejos, la mejor serie regular de superhéroes que había en el mercado.

Mike Carlin fue el responsable de coordinar todo esto y de hacer que, en esa época, las cuatro series mensuales distintas de Superman funcionaran como una única serie semanal (de hecho, aparte de la numeración propia de cada serie, había otra, correlativa, que iba pasando de una a otra): el equipo creativo variaba de un título a otro, pero la continuidad argumental se mantenía y, si bien cada tándem guionista-dibujante tenía unas predilecciones bastante marcadas y se centraba en un tipo de historias concretas, todos ellos colaboraban en la historia general y aportaban sus propias ideas al conjunto.

Y al decir todos, quiero decir todos. Eran los cuatro guionistas los que escribían cada número, pero en las reuniones anuales que Carlin convocaba y coordinaba, participaba todo el equipo creativo y todas las ideas eran discutidas y tomadas en consideración, vinieran de donde vinieran. Eso creó una sinergia que desde entonces, me temo, no se ha repetido en las series de Superman.

La culminación de todo eso fue, precisamente, esta Muerte de Superman, una historia en tres actos de la que la muerte del personaje era sólo el primero y, como reconocían los guionistas, el menos interesante. “Vale, matamos a Superman”, dijo uno de ellos. “Y luego, ¿qué hacemos?”.

En Funeral por un amigo (el nudo de la trilogía, por así decir) se especulaba con lo que ocurría en un mundo sin Superman. Estábamos en 1992, una época donde el héroe que triunfaba era una suerte de antihéroe de psique torturada que disparaba primero y preguntaba después. Superman parecía, pues, un modelo heroico obsoleto, un ideal pasado de moda. ¿Y qué le ocurre de pronto al mundo cuando ese ideal pasado de moda desaparece?

La conclusión llegaba con El reinado de los superhombres, donde se presentaban cuatro candidatos al manto heroico del Hombre de Acero. Los aficionados sabíamos que, en el fondo, ninguno de ellos era el original. Que éste estaba en alguna parte aguardando el momento para volver. El Último Hijo de Krypton, Steel, el Cyborg y Superboy se revelarían todos, en mayor o menos medida, como fraudulentos y uno de ellos, de hecho, sería el verdadero y temible enemigo a batir. 

Así fue. Durante casi un año, la trama fue llegando a su conclusión natural y las pistas que íbamos viendo encajaron como sabíamos que harían hasta desembocar en un desenlace a su altura. El verdadero Superman regresaba de entre los muertos y era como si nunca se hubiera ido: allí estaba, el más incansable boy-scout del universo, incapaz de darse por vencido por mal que estuvieran las cosas y siempre dispuesto a ver la esperanza allí donde no parecía haber ninguna. En la arrasada ciudad de Coast City se enfrentaba a su mayor desafío y salía triunfante, listo para regresar a un mundo que lo reclamaba, aunque no lo supiera.

Muchas cosas habían cambiado, en Metrópolis y en el mundo, durante su ausencia. Él mismo, en cierto modo, no había salido indemne de la experiencia: al fin y al cabo, había comprobado que era mortal (por más que no fuera una “muerte definitiva”, como no lo suelen ser las de los héroes). Acontecimientos posteriores (como la “sobrecarga” de sus poderes o incluso la pérdida de los mismos, por no mencionar su conversión en un ser de energía y su “desdoblamiento” en un Superman Rojo y otro Azul) intentarían darle nuevos giros de tuerca al personaje, pero no siempre serían los más acertados y, de hecho, al final se acabaría volviendo una y otra vez a la imagen clásica, al icono original.

El equipo creativo se mantuvo aún algún tiempo más y, aunque intentaron repetir algo parecido a la muerte del Hombre de Acero -al menos en términos mediáticos- con la boda entre Clark y Lois (por cierto, que eso siempre ha sido una de las cosas que más me han gustado del Superman post-Crisis: es Clark quien consigue a Lois y no Superman), ya no era lo mismo. Con los años, guionistas y dibujantes fueron llegando y marchándose de las series del Hombre de Acero y confieso que, en los últimos tiempos, las he seguido con más desgana que otra cosa. De hecho, lo último que recuerdo haber leído (en lugar de limitarme simplemente a ojearlo) es ya del año 2000, cuando Lex Luthor ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos en el Universo DC. Y, cuando Carlin dejó de ser editor de los títulos de Superman y éstos dejaron de tener continuidad unos con otros, me temo que mi interés decayó más aún.

Volver a leer esta saga completa (aprovechando el tomo -tomazo, más bien- que Planeta ha sacado siguiendo la nueva edición americana) ha sido una gozada, ciertamente. No es, como he dicho, el mejor tebeo de superhéroes que jamás se ha escrito, ni tampoco creo que lo pretendiera. Pero es una buena historia, construida con cuidado y con amor y contada con habilidad.

Que no es poco.

© 2008, Rodolfo Martínez

Ministros y ministras

Abril 25th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 2 comentarios »

La prueba (si es que hacía falta alguna) de lo mucho que nos queda por recorrer hasta alcanzar una sociedad realmente igualitaria entre sexos no es la cantidad de “babayaes” (por no mencionar las cretineces, las imbecilidades y algún que otro insulto) que han vertido ciertos medios de comunicación estos días ante el anuncio de la composición del nuevo gobierno.

No, la verdadera prueba es que sea noticia el hecho de que haya tantas o cuántas mujeres en el gobierno. Cuando lo normal, lo lógico, lo que es “de cajón” es que fuera irrelevante que todo el gobierno estuviera compuesto por hombres, todo por mujeres o por hombres y mujeres mezclados en las proporciones que fuera. O sea, que haya X mujeres en un gobierno no debería tener más importancia informativa que el que hubiera X personas rubias o X personas de nariz aguileña o X personas bajitas.

Mientras cosas como ésta sigan siendo noticia, me temo que aún nos queda un camino muuuuy largo por recorrer.

Y aprovecho para comentar que ciertas frases, por muy bienintencionadas que sean, me resultan un tanto inquietantes y hacen que se me disparen las alarmas. Me refiero a expresiones que he oído estos días varias veces y que irían todas más o menos por el mismo estilo:  ”qué más da que sea una mujer, habrá que juzgarla por su capacidad”.

¿Y por qué veo “algo turbio” -como diría mi amigo Chus Parrado- en ese tipo de comentarios? Por la asimetría de la idea, por el hecho de que carece, por usar terminología física, de antipartícula. Porque nunca he oído decir, de un ministro masculino, “qué más da que sea un hombre, habrá que juzgarlo por su capacidad”. Parecerá una chorrada. Y a lo mejor hasta lo es. Pero no sé…

POSTDATA: Y sigo pensando que los cupos y las leyes de paridad son de lo más estúpido, reaccionario y anti igualitario que se ha inventado. Y que, a largo plazo, terminan siendo más dañinos que otra cosa para el colectivo al que supuestamente se pretende favorecer. Y si no, al tiempo.

© 2008, Rodolfo Martínez

La muerte de Superman. El DVD

Abril 23rd, 2008 Pertenece a Superman, Visto y oído | Sin comentar »

Como comentaba en la entrada anterior, este sábado me hice con el DVD de La muerte de Superman (Superman Doomsday, según reza el título original), una adaptación bastante libre del cómic que en 1992 intentó sacudir un poco las colecciones del Hombre de Acero y subir  las ventas de sus tebeos. Mediáticamente, la saga fue un éxito: logró que los periódicos generalistas hablaran de la noticia casi como si comentasen la muerte de una persona real y, al menos durante un tiempo, las distintas colecciones dedicadas a Superman revitalizaron sus ventas.

Artísticamente no fue un mal trabajo. Mike Carlin (por aquel entonces editor de los tebeos de Superman) supo coordinar a la perfección un equipo de guionistas y dibujantes comprometidos en dar lo mejor de sí mismos en su trabajo. No es una obra maestra ni de lejos, pero sí que es un cómic de superhéroes bastante satisfactorio y bien narrado (Marvel intentó hacer poco después algo parecido en las colecciones de Spider-man, pero cuanto menos se diga de aquella Saga de los clones, mucho mejor). Durante varios meses se jugó con el misterio de cuál de los cuatro nuevos “supermanes” que surgieron tras la muerte del original sería el definitivo sólo para descubrir (como muchos ya sospechábamos) que ninguno de ellos lo era y el auténtico, el de verdad, estaba por algún lugar, oculto entre bastidores y esperando el momento de volver a la vida, como así fue.

Este largometraje de dibujos animados, como digo, adapta esa saga, con abundantes modificaciones y simplificando bastante la historia. Si bien la primera parte (el enfrentamiento con Juicio Final y la muerte del héroe) sigue bastante de cerca el cómic original, a partir de ahí, la trama de la resurrección y el juego de cuál-es-el-auténtico-superman van más por libre y, como he dicho, de un modo bastante más sencillo que en el cómic original.

Pese a todo, no es un mal largometraje: los mitos del Hombre de Acero y las relaciones de éste con su entorno están bien utilizados y la historia fluye de un modo adecuado. Sin ser una maravilla, se deja ver con agrado y resulta bastante satisfactoria.

Las voces de los personajes son, al menos en el idioma original, un aliciente más. Superman está encarnado por Adam Baldwin, Lois Lane por Anne Heche y Lex Luthor por un James Masters que, sin el impostado acento inglés de su personaje en Buffy, tardó en hacérseme reconocible. Tanto Baldwin como Heche encarcan con convicción sus personajes, pero sin duda el mejor de los tres es Masters, que da voz de un modo totalmente creíble al mayor enemigo de Superman. Destacar, de paso, un brevísimo cameo de Kevin Smith.

No es un hito del cine de animación, pero sí es un buen largometraje sobre el Hombre de Acero, que sabe recoger adecuadamente lo mejor del cómic y, al mismo tiempo, venderlo de un modo que resulte asequible a todos los espectadores, sean fans del tebeo original o no.

© 2008, Rodolfo Martínez

Y otra vez la maldita novela gráfica

Abril 21st, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 25 comentarios »

Leído en la solapa del último libro de cuentos de Neil Gaiman

Gaiman es conocido sobre todo por su serie de novelas gráficas Sandman.

Que no. Que Sandman no es una novela, ni gráfica ni de ningún otro tipo, ni lo ha sido nunca. Es un cómic, un tebeo. Fue publicado como un tebeo, por una editorial que publica tebeos y, se pongan como se pongan, siempre será un tebeo. Y una “novela gráfica” no es ningún género literario ni una forma de expresión artística (por más que les pese a toda esa panda de pedantes imbuidos de su propia ignorancia y avergonzados de que los pillen leyendo tebeos), no es más que una forma entre muchas otras de editar un tebeo.

Creo que lo he comentado una vez, pero lo repito: graphic novel no es otra cosa que el término que la industria editorial americana inventó cuando empezó a publicar los tebeos en un formato similar al álbum europeo. Vamos, es la versión americana de los tomitos de toda la vida de Asterix o Tintín.

Claro que no me extrañaría que llegase el día en que me hablasen de las “novelas gráficas” de Asterix. O que en la próxima adaptación al cine de Mortadelo y Filemón digan que está basada en la obra del “novelista gráfico” Ibáñez.

Y es que la intelectualidad pija en este país (y en otros, pero sospecho que más en éste) no conoce límites en su estupidez.

POSTDATA: En efecto, no los conoce. Me voy esta mañana a la Fnac, me compro el DVD de La muerte de Superman y ¿con qué me encuentro? Con esto:

Inspirada en la novela gráfica best-seller más vendida de todos los tiempos.

Así que ya lo sabéis. Ni siquiera Superman es un tebeo. Es una novela gráfica. Así. Con un par.

© 2008, Rodolfo Martínez